jueves, 1 de noviembre de 2007

Agricultura atómica

(Publicado en Diario de Avisos, 01/11/2007)

Parece cierto el poco entusiasmo que despierta lo rural, la actividad agrícola pierde el interés, pasa a un segundo plano. La cultura urbana arrasa con las tradiciones, modifica nuestro comportamiento, nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza que nos rodea. Nada extraño por otro lado y es que cada época tiene sus cosas.
Ahora no necesitamos el territorio para la obtención directa del alimento. Fuimos náufragos en mitad del océano durante unos 450 años sobrevivientes gracias a la intensa explotación de los recursos naturales y el consumo de enormes cantidades de suelo. En el último medio siglo ha cambiado la historia. Por un lado se cultiva menos y se importa más, por el otro, el suelo se destina más para las personas y la satisfacción de sus necesidades básicas y menos a la obtención de alimentos. En el mundo globalizado en el que vivimos esto no debe ser un problema dados los resultados: incuestionable es afirmar que ahora se vive mejor.
De cualquier modo, son tantos años de dedicación colectiva a trabajar la tierra que ahora uno ve esas huertas abandonadas llenas de matojos y siente que ha perdido algo. De entrada hemos privado a las siguientes generaciones de conocer como era su isla, qué somos, y que puedan llegar a entender el valor de esos miles de quilómetros de muros de piedra, el valor impagable de la subsistencia. Complicada tarea cuando la actual dinámica acaba con el paisaje, precisamente ese amado paisaje que tanto valoramos.
Fundamentar la calidad de un paisaje a los cultivos que sustenta exige asumir grandes riesgos, y es que se puede legislar sin dificultad cuantas prohibiciones esté dispuesto el legislador a inventar, con sus medidas coercitivas o sancionadoras, y hasta se puede planificar con lápiz rojo, compás, escuadra y cartabón, pero eso de obligar a hacer, eso de obligar a cultivar, eso de exigir un cultivo fitotécnicamente perfecto, eso, eso es harina de otro costal. La situación de El Rincón es un ejemplo reciente capaz de ilustrar estas cautelas.
No pretendemos quedar conformes con estas reflexiones. Hemos descrito lo que hay y lo que no nos gusta de lo que hay. Se trata de aportar.
Empezaremos por el principio: la tierra tiene su dueño que no la cultiva; nosotros como observadores de nuestro paisaje queremos que la cultive para nuestra propia satisfacción y porque estamos convencidos que nuestros descendientes y visitantes deben poder conocer esa característica propia nuestra. Lo primero sería decirles que por favor pidan consejo a sus mayores y se pongan manos a la obra.
En fin, en los tiempos que corren todo esfuerzo individual persigue su premio, bien en forma de satisfacción personal o en forma de dinero. Cuando la primera no funciona es muy útil tirar de la segunda: el dinero, ¿pagar a los propietarios por cultivar? Eso se viene haciendo con regularidad desde hace años, lo hace la Unión Europea con su política agraria común (PAC) a gran escala, controlando el mercado libre para proteger sus campos y sus agricultores. Una excelente muestra de ello es como la presión en Bruselas y Estrasburgo ha conseguido estabilizar las ayudas al plátano de Canarias que garantizan su continuidad y mejorar las rentas de sus productores.
Y es que la solución a nuestros paisajes tradicionales está precisamente en Europa. Si éstos están configurados por los cultivos de papas, por ejemplo, pidamos protección para la papa. Utilizar la misma herramienta legislativa. Si el precio al agricultor está garantizado por encima del umbral de rentabilidad del cultivo y se controlan las importaciones lo habremos conseguido.
La segunda pata –que también requiere la iniciativa del legislador- es solucionar el canal de distribución del pequeñito productor al mercado de abastos y de éste al consumidor final, que cada eslabón de la cadena reciba un margen justo. Es decir, dos medidas para intervenir, sí intervenir, la normal dinámica del mercado libre de la papa, que tiene una doble consecuencia deseada, por un lado salvaguardar nuestro paisaje y por el otro garantizar al consumidor los precios y disponibilidad de un alimento básico.
La tercera pata son los propietarios de sus pequeñas parcelas actualmente improductivas. A éstos, la posibilidad de obtener una renta cierta debe ser suficiente aliciente para lanzarse. Recordemos que esta agricultura atómica funciona a tiempo parcial, de fin de semana, familiar, de domingo en el campo para echar una mano. Y si esos ratos nos pagan las vacaciones.

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