miércoles, 7 de noviembre de 2007

Coexistencia y compensación

(Publicado en Diario de Avisos, 07/11/2007)

Coexiste lo natural, lo agrícola y lo urbano. Tres usos y un destino. Nuestra naturaleza única protegida a la que ya empezamos a mimar. La agricultura íntimamente ligada a la configuración de nuestro paisaje insular para la que hemos propuesto su redefinición que contemple la realidad de su condición atómica y su carácter de actividad secundaria. Y por último las personas con su actividad económica que demanda territorio, todo un potaje con su conflicto.
Resulta innegable que los criterios con los que planifiquemos la utilización del suelo para la residencia, los servicios básicos para las personas y como soporte de la actividad económica, incluido el turismo, condicionarán la sostenibilidad del sistema. Un sistema de vida que, a pesar de que con seguridad puede ser mejorado, aporta bienestar a la mayoría de la población. El reto de gestionar lo escaso. Si consideramos que el presente se fraguó con decisiones tomadas hace muchos años, acertada unas y equivocadas otras, se trata pues de atinar para el futuro, hacer buena la máxima de que el pasado siempre fue peor.
La transformación de los usos del suelo, generalmente de agrícola a urbano, tiene mala prensa. Son producto de una política -¿felizmente superada?- de hechos consumados o mantienen ese tufillo del pelotazo o de la especulación. Qué chollo que me recalifiquen mi parcela. En el primer caso, no debe ser válida ni es justa esa salida tan usada de ‘mi casa lleva aquí treinta años’ como si en aquel momento el infractor no hubiese sido consciente de la falta cometida. El segundo supuesto, la recalificación, es legal pero igualmente injusta, por qué a ti sí y a mí no, por qué la raya llega hasta aquí y no hasta acá, por qué tú te haces rico con tu suelo urbano y yo me como mi parcela rústica con papas fritas.
Garantizada la férrea protección de los espacios naturales, potenciada la agricultura atomizada de segunda actividad y disponiendo de eficaces sistemas de control que permiten a la Administración sancionar de forma efectiva al que no cumple el planeamiento, en esta situación actual mucho más dominada, debemos reconsiderar el modelo.
En este sentido, por qué no pensar en asumir usos residenciales del suelo ligados a la actividad agrícola con parcelas mínimas acordes a la realidad de la propiedad. Quizás sea la única vía para conseguir con orden la deseada estructura rural del paisaje, si además fijamos su tipología constructiva, limitamos los cerramientos y garantizamos la disponibilidad de sus servicios básicos. Evidentemente, tal planteamiento requiere una adecuada planificación de las infraestructuras comarcales, sobre todo de la red viaria que debe adaptarse a esa nueva realidad. El uso residencial controlado potenciará la actividad agrícola, con ella mejorará la calidad del paisaje rural, mientras permite la obtención de rentas de esos propietarios minifundistas condenados, en la situación actual, a esperar al escrutinio de la siguiente revisión del plan de ordenación correspondiente.
En cualquier caso, son necesarias las revisiones de los instrumentos de planificación territorial, por supuesto. Revisiones que deben considerar qué queremos de Tenerife para el futuro, por supuesto. Criterios actuales. Adaptarlas a los criterios actuales para la conservación de la naturaleza, aquellos que se proponga para el destino tradicional de los usos del suelo y los que se pueda proponer para los usos residenciales y otros complementarios.
Sea cual sea la base legal que se emplee, que sea justa. Que no prevalezca el derecho adquirido sobre el sentido común. Que se contemple la posibilidad de que todos los propietarios de suelo de una comarca colaboren –en proporción ponderada- a la conservación de nuestros espacios naturales, a la actividad primaria que gestiona el paisaje y que también participen en los usos urbanos, aquellos que impulsan la economía. Por qué no emplear las mismas reglas de la compensación o la concentración parcelaria al total del territorio y para todos sus usos.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Agricultura atómica

(Publicado en Diario de Avisos, 01/11/2007)

Parece cierto el poco entusiasmo que despierta lo rural, la actividad agrícola pierde el interés, pasa a un segundo plano. La cultura urbana arrasa con las tradiciones, modifica nuestro comportamiento, nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza que nos rodea. Nada extraño por otro lado y es que cada época tiene sus cosas.
Ahora no necesitamos el territorio para la obtención directa del alimento. Fuimos náufragos en mitad del océano durante unos 450 años sobrevivientes gracias a la intensa explotación de los recursos naturales y el consumo de enormes cantidades de suelo. En el último medio siglo ha cambiado la historia. Por un lado se cultiva menos y se importa más, por el otro, el suelo se destina más para las personas y la satisfacción de sus necesidades básicas y menos a la obtención de alimentos. En el mundo globalizado en el que vivimos esto no debe ser un problema dados los resultados: incuestionable es afirmar que ahora se vive mejor.
De cualquier modo, son tantos años de dedicación colectiva a trabajar la tierra que ahora uno ve esas huertas abandonadas llenas de matojos y siente que ha perdido algo. De entrada hemos privado a las siguientes generaciones de conocer como era su isla, qué somos, y que puedan llegar a entender el valor de esos miles de quilómetros de muros de piedra, el valor impagable de la subsistencia. Complicada tarea cuando la actual dinámica acaba con el paisaje, precisamente ese amado paisaje que tanto valoramos.
Fundamentar la calidad de un paisaje a los cultivos que sustenta exige asumir grandes riesgos, y es que se puede legislar sin dificultad cuantas prohibiciones esté dispuesto el legislador a inventar, con sus medidas coercitivas o sancionadoras, y hasta se puede planificar con lápiz rojo, compás, escuadra y cartabón, pero eso de obligar a hacer, eso de obligar a cultivar, eso de exigir un cultivo fitotécnicamente perfecto, eso, eso es harina de otro costal. La situación de El Rincón es un ejemplo reciente capaz de ilustrar estas cautelas.
No pretendemos quedar conformes con estas reflexiones. Hemos descrito lo que hay y lo que no nos gusta de lo que hay. Se trata de aportar.
Empezaremos por el principio: la tierra tiene su dueño que no la cultiva; nosotros como observadores de nuestro paisaje queremos que la cultive para nuestra propia satisfacción y porque estamos convencidos que nuestros descendientes y visitantes deben poder conocer esa característica propia nuestra. Lo primero sería decirles que por favor pidan consejo a sus mayores y se pongan manos a la obra.
En fin, en los tiempos que corren todo esfuerzo individual persigue su premio, bien en forma de satisfacción personal o en forma de dinero. Cuando la primera no funciona es muy útil tirar de la segunda: el dinero, ¿pagar a los propietarios por cultivar? Eso se viene haciendo con regularidad desde hace años, lo hace la Unión Europea con su política agraria común (PAC) a gran escala, controlando el mercado libre para proteger sus campos y sus agricultores. Una excelente muestra de ello es como la presión en Bruselas y Estrasburgo ha conseguido estabilizar las ayudas al plátano de Canarias que garantizan su continuidad y mejorar las rentas de sus productores.
Y es que la solución a nuestros paisajes tradicionales está precisamente en Europa. Si éstos están configurados por los cultivos de papas, por ejemplo, pidamos protección para la papa. Utilizar la misma herramienta legislativa. Si el precio al agricultor está garantizado por encima del umbral de rentabilidad del cultivo y se controlan las importaciones lo habremos conseguido.
La segunda pata –que también requiere la iniciativa del legislador- es solucionar el canal de distribución del pequeñito productor al mercado de abastos y de éste al consumidor final, que cada eslabón de la cadena reciba un margen justo. Es decir, dos medidas para intervenir, sí intervenir, la normal dinámica del mercado libre de la papa, que tiene una doble consecuencia deseada, por un lado salvaguardar nuestro paisaje y por el otro garantizar al consumidor los precios y disponibilidad de un alimento básico.
La tercera pata son los propietarios de sus pequeñas parcelas actualmente improductivas. A éstos, la posibilidad de obtener una renta cierta debe ser suficiente aliciente para lanzarse. Recordemos que esta agricultura atómica funciona a tiempo parcial, de fin de semana, familiar, de domingo en el campo para echar una mano. Y si esos ratos nos pagan las vacaciones.