miércoles, 17 de octubre de 2007

La isla atómica

(Publicado en Diario de Avisos, 17/10/2007)

Aspira a encontrar un lugar en este mundo de realidad tricontinental y atlántica. Emerge del abismo. En esta isla nacimos y a ella estamos atados, hasta el fin. Forja en nosotros un carácter propio, único. Un carácter oceánico, archipielágico disperso, de mar y montaña, de arena y monte. Fundidas mil culturas, millones de historias y miles de personas únicas. Cabría la siguiente conjetura: somos una comunidad humana heterogénea; somos de Tenerife, sí, pero no; somos de nuestro municipio, de nuestro barrio, sí, pero no exactamente; realmente de esta calle en la que me crié, no sé, bueno, del número 3, cuarto piso, en fin, pasillo a la derecha, segunda puerta. Y si fuera cierto. Tal realidad nos hace únicos y precisamente esa característica común nos convierte en pueblo. Individuos pues, cada uno en lo suyo.
Como causa o consecuencia de este nuestro carácter propio, el territorio insular se fragmenta también en ridículas porciones. En cada generación la propiedad del suelo se desintegra en parcelas cada vez más pequeñas. La estructura de la tierra en nuestras medianías es un entramado complejo, un puzzle de un millón de piezas, dos huertas por aquí, otras dos por allí y aquel natero que es de mi primo. Individuos y sus pequeñas porciones de terruño.
Limita esta realidad las actividades económicas que requieren territorio como recurso. La agricultura por una parte, que entendemos admisible como consumidora de suelo y que consideramos que no lo destruye. Esta cuestión no deja de ser una simple consideración ya que la actividad primaria no es del todo inocua para el medio natural: con los criterios actuales crucificado estaría el rey guache que le metió fuego a la espesa laurisilva de Los Rodeos para ofrecer sabrosos pastos a sus cabras. En fin, admisible o no tanto, la actividad agraria pasó a la historia como motor de la economía insular. La pequeña dimensión de las explotaciones ya comentada y los profundos cambios socio culturales que aporta nuestra generación son, sin duda, factores determinantes que explican esta transformación.
Por otra parte, los usos urbanos del suelo pugnan por el territorio. Un destino cierto clasificado como culpable. En el modelo económico vigente, el proveer servicios a las personas, se ha convertido en nuestro modo de vida, y sin duda la principal, si no única, fuente de riqueza. Quizás nunca pensamos que esto pudiera ser así, quizás nos hubiera gustado seguir siendo un pueblo rústico, no sé realmente cuándo, cómo o quién provocó el cambio, pero esto es lo que hay. Las personas requieren viviendas, carreteras, colegios, ... todo tipo de infraestructuras que consumen suelo, que requieren mucho suelo. Y el incremento de la población hace crecer la economía, estamos en esta guerra. Sean con carácter temporal como el turista que está diez días o el residente extranjero que se pasa seis meses al año, o de vocación permanente como el peninsular que busca un sitio cómodo para vivir o el inmigrante que ve aquí su única esperanza. Las personas y la satisfacción de sus necesidades básicas: a eso nos dedicamos en Tenerife.
La fragmentación de la propiedad del suelo afecta también negativamente a sus usos urbanos. Han sido enormes las dificultades para que la construcción de viviendas en nuestros pueblos se haga con orden y frecuente es la presencia de diseminado urbano dentro de áreas eminentemente agrícolas o forestales poco compatibles entre sí. Efectivamente, esto es lo que hay, lo cual no quiere decir que no podamos mejorar, en definitiva somos responsables de esta época en la que nos ha tocado vivir.
El calificativo de atómica referido a nuestra querida isla de Tenerife se refiere a que entendamos que nos hemos convertido –o siempre fuimos- diminutas partículas, que somos un territorio pequeño y compartimentado por la naturaleza y por la estructura de la propiedad de la tierra. El modelo de isla atómica como propuesta persigue asumir las limitadas dimensiones de nuestras unidades productivas, ejercer control efectivo sobre los rendimientos agrícolas procedentes de explotaciones de segunda actividad que configuran los paisajes que no queremos perder y, por último, promover la concentración parcelaria como única vía de luchar contra la especulación del suelo cuando inevitablemente deben dedicarse a otros usos.

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