miércoles, 13 de junio de 2007

El gran hermano

(Publicado en Diario de Avisos, 13/06/2007)

Podría resultar exagerado afirmar que la convivencia ciudadana está en crisis. No sé. Quizás en el terreno de la conjetura sí podríamos concluir que las relaciones entre las personas, en la calle, en la vida cotidiana, no pasan por su mejor momento, que viene siendo lo mismo. Puede que siempre fuera así y que yo no me hubiera percatado.
Cierto es que el ambiente no ayuda. El cotilleo, el escarnio y los trapos sucios son lo que ofrece la televisión a todas horas y que, por increíble que parezca, la gente sigue viendo. La democracia llega a su punto de madurez cuando nos podemos despedazar sin piedad, igual si eres alcalde, futbolista, frutero o magistrado del Supremo. No hay clases, no hay límite. Una persona un voto, una persona un insulto. Todos iguales en la salud y en la enfermedad.
Quizás sea la tecnología la que nos aleja de la realidad y nos traslada a un mundo virtual en donde no existen los demás. En la guagua las señoras van de pie mientras los pibes sentados escuchan su iPod. Nadie se inmuta. Manda el gigabyte... y tal. ¿Algún problema? Quizás sea otra forma de rebeldía. O una moda. O la reacción masiva a muchos años de una disciplina impuesta a fuego y látigo... no sé, son ya muchos años sin dictadura para que fuera de eso, ¿no?
Tal situación de crispación colectiva manda en todo. Basta observar la gente por la calle, en un atasco, en el supermercado: todo el mundo serio, enfadado con el mundo y consigo mismo. Tensiones entre los alumnos y los profesores, los profesores y los padres, los padres y sus hijos. Y luego los padres, los alumnos y los profesores entre ellos, y de estos conflictos sus consecuencias: violencia doméstica, acoso escolar y acoso laboral. En definitiva un gran fracaso social que entiendo pueda sonar exagerado. Pero es así, te irritas y te calientas, claro.
En el mundo de la empresa la cuestión llega a ser dramática. El empresario es un pirata, el encargado un negrero, el compañero un competidor y el cliente alguien que molesta. Las deficitarias relaciones entre las personas lo envuelven todo. Esta realidad es tan frecuente que la sociedad aplaude cuando reconoce una organización en la que impera la cordialidad y el trabajo en equipo. Al revés del pepino. Se aplaude lo obvio, es decir, que los grupos sociales actúen en armonía, cuando lo suyo sería castigar con contundencia los comportamientos contrarios a un sano clima laboral.
Castigar los comportamientos indecentes. Como en tantas otras ocasiones, el castigo de estas conductas corrompidas requiere una acción individual, que tú y que yo no estemos conformes. ¿Quién va a venir a ponernos a todos una sonrisa en los labios? Las actitudes individuales para los cambios colectivos. Cualquier otra cosa es mirar para otro lado y pensar que las cosas se arreglan solas, que esto no va contigo, que tú prefieres pasar, ... hasta que te toque a ti y sean otros los que miren para otra parte...
...y estés nominado, señalado por tus iguales, víctima de aspiraciones, objetivos e intereses particulares, por feo o por guapo, por no pasar desapercibido, estés nominado para salir de tu trabajo, para abandonar tu carrera profesional, para dejar atrás ilusiones y esfuerzo, hasta que te toque a ti y sean otros los que miren para otra parte.
Las cosas no deben ser así. La sociedad establece su equilibrio utilizando sutiles herramientas de convivencia. En la vida real no vale todo. Debe haber un respeto, un orden. No sé si vale luchar por ello, quizás exagero, no sé. Quizás la vida sea un gran hermano y yo aun no me he percatado.

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