domingo, 24 de mayo de 2020

La mano que mece la cuna


Protestar. No entiendo bien la manifestación de ayer con pitas y banderas en plan celebración de un campeonato de fútbol del que La Roja hubiera salido victoriosa. Una protesta en coche, de acuerdo, tabarra de primer orden, muy lucida y persistente -dieron varias vueltas al mismo circuito urbano-, organizada así por no desatender las obligaciones de distanciamiento social, digo yo, no pienses mal. En cualquier caso, un grupo de ciudadanos que ejerce el derecho constitucional al pataleo, perfecto. Como resido en el centro de la ciudad, nada que objetar distinto a mi opinión habitual respecto a cualquier otra expresión del desencanto popular: a ver si un día se llevan la protesta a la Avenida de los Príncipes, en la que seguro que vive mucha más gente a la que fastidiarle el día, y vamos alternando.

Dudas. De toda esta movida de himnos y banderas no sé qué me preocupa más, el hecho de que se apropien de los símbolos de la selección española para sus soflamas, las soflamas incendiarias en sí mismas o los vilipendios de sus detractores, insultos incluidos, nada coherentes con el respeto a las reglas del juego que intentan defender.

Cautela. Ya puestos a aguantar el peñazo un par de horas de un apacible sábado por la mañana, es una pena que los organizadores no hubieran puesto algo más de empeño en explicar exactamente qué es lo que reclaman. ¿Que el presidente Sánchez dimita cual chivo expiatorio? Un clásico, pero todavía no toca, restan aun varios años de legislatura. ¿Que se acabe ya el estado de alarma? Pues sí, a ver si termina de una pajolera vez, a ver si despertamos de esta pesadilla. A esa manifa me hubiera apuntado yo de buen grado, no con la bandera de España, que no sé dónde la metí después de la última Eurocopa, sino con la del CD Tenerife, que la tengo a mano. Aunque claro, ese despertar dependerá de cómo vaya la cosa porque ayer fallecieron 48 personas, que nos parecen pocas, pero sigue siendo una barbaridad. La amenaza del contagio se mantiene presente. De la misma manera que ahora denuncian que el confinamiento llegó tarde, que había que haberse puesto a fabricar mascarillas mucho antes y que ya está bien de estar metidos en casa, igualito, porfiarán después que el Gobierno fue un irresponsable si surgiera un repunte en estos próximos días, repunte además del que no estamos exentos.

Las reglas. Cuanto más jaleo, menos atención. Confieso que no veo tanto problema en que un grupo de ciudadanos chille lo que quiera. No estamos en la Alemania de los años 30 ni esa gente persigue instaurar en España un régimen represivo ni asesino. Muchas de sus ideas tienen un fondo retrógrado de autoritarismo que ni comparto ni me gusta pero, en cualquier caso, acepto el funcionamiento del sistema democrático. Aplicar la dictadura de la mayoría sería igual de malo que caer en brazos de la dictadura de la minoría. Atentos debemos estar todos -ellos también- porque ninguno sabemos qué mano mece la cuna ni de dónde viene la pasta ni qué fines persigue a largo plazo.

Prescripción. En las cuestiones mundanas los hilos de la marioneta se dejan entrever según y cómo les dé la luz. Ese plan general que satisface los intereses de determinado propietario y fastidia las pretendidas esperanzas de otro que se negó a vender antes de la exposición pública, ese sistema de gestión de residuos que no termina de autorizarse porque alguien ve peligrar su propia actividad o una ley que se propone modificar para permitir hacer negocios a determinado simpatizante. Para todo: transparencia.

domingo, 17 de mayo de 2020

Y si...

Y si estuviéramos en un escenario distinto al de la crisis que nos anuncian.

Y si la condición de islas se evidencia como una ventaja relevante para gestionar situaciones de pandemia.

Y si la coyuntura internacional post covid-19 situara a Canarias en una posición privilegiada por la posibilidad cierta de controlar la entrada de personas.

Y si la existencia de un potente sistema sanitario y la ausencia de vectores de contagio nos define como destino turístico único en nuestro entorno europeo.

Y si la posibilidad de hacer test rápidos a la salida de los vuelos en los aeropuertos de origen permite discriminar los turistas no contagiados de manera fiable.

Y si esos 15 millones de turistas no contagiados que nos hace falta para mantener la maquinaria a pleno rendimiento -equivalentes al 3,3% de la población de la UE- pudieran viajar a un destino seguro como Canarias.

Y si la cronificación de la epidemia del covid-19 o de alguna de sus mutaciones sigue afectando especialmente a las personas mayores.

Y si los cientos de miles de mayores que en Europa gozan de un alto poder adquisitivo eligieran Canarias para huir de la amenaza cierta de la pandemia.

Y si debido a la falta de competidores con similares condiciones de seguridad sanitaria los operadores turísticos en Canarias pudieran incrementar significativamente los precios de los servicios que prestan.

Y si el nuevo flujo de turistas y a la mayor disponibilidad económica permitiera a los trabajadores del sector turístico recuperar sus empleos y mejorar sus condiciones laborales.

Y si el repunte de la actividad turística atrae capital de otras partes del mundo para invertir en Canarias en la mejora y renovación de la planta hotelera, en construir nuevas residencias para personas mayores, en proyectos de ocio, en incrementar la capacidad asistencial, en atender un mercado interno con trabajadores con una mayor capacidad de consumo.

Y si el incremento de la actividad y la materialización de las inversiones permitiera disponer de más recursos públicos para terminar infraestructuras, reforzar el sistema sanitario y modernizar la educación.

Y si los operadores turísticos canarios en ese nuevo escenario no restrictivo se comprometieran con el sector primario local para el suministro de los alimentos y los vinos que ofrecen a sus clientes.

Y si la gastronomía en las Islas se convirtiera en el atractivo que debería ser con idéntico compromiso con el sector primario del que forma parte.

Y si los trabajadores del turismo que disfrutaran de esas nuevas condiciones laborales se implicaran también con el sector primario local para llenar su cesta la compra.

Y si el pago de un precio acorde a los costes de producción a los agricultores, ganaderos y pescadores y a la industria transformadora permitiera el desarrollo de un sector primario sólido, moderno, con mejores condiciones laborales, respetuoso con el medio ambiente y enfocado a la más alta calidad.

Y si esta rueda que empieza a girar -control de la epidemia, ventaja competitiva en el turismo, mejores precios, más infraestructuras, mejores servicios públicos y más consumo de producto local- terminara definitivamente con el paro.

Y si esta secuencia de efectos positivos -cero afectados por la pandemia, cero paro, mejores condiciones laborales, mejor asistencia sanitaria, mejor educación, alimentos de mayor calidad, más respeto por el medio ambiente- no fuera una entelequia sino la descripción de una realidad posible que mejorara sustancialmente el bienestar de las personas que vivimos en Canarias.

Y si nos ponemos serios, entendemos la importancia y cumplimos estrictamente con las medidas de cautela para salir del confinamiento.

El futuro no es esperar a ver qué pasa, el futuro es aquello que hagamos.

domingo, 10 de mayo de 2020

A todos se nos llena la boca de papas con mojo


Crecimiento infinito. La economía útil para las personas no va de dinero sino de que ese dinero se mueva, cambie de manos y genere riqueza. Si tus vecinos no tienen no podrán comprar aquello que vendas o aquellos servicios que prestes y, por tanto, sin ingresos, tú tampoco podrás hacer lo propio, pierden todos. Ese efecto no es tan directo -pensarás- vivimos en un mundo globalizado con sistemas de ajuste. Puede ser. En una sociedad de la escasez en perpetuo crecimiento tenía sentido. Hasta hace nada esos intercambios de eficiencia -yo soy mejor en la fabricación de ropa y tú eres mejor en el desarrollo de medicamentos- permitían el equilibrio exportación/importación alentado por la búsqueda de productividad, muy asimétrica, por cierto, en unas culturas mediante I+D y en otras con trabajadores explotados en condiciones de vergüenza. Ahora vivimos una realidad distinta, toca gestionar la abundancia, los excedentes, las altísimas capacidades de producir cualquier cosa. Pero la población no crecerá hasta el infinito, ¿una última generación en los países emergentes? Quizás, pero no creo que lleguemos a los 10.000 millones que auguraba apocalíptico el científico británico Stephen Emmott.

Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.

Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.

Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de quilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige un agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.

Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.

domingo, 3 de mayo de 2020

El precio de la cesta de la compra

Tractores a la calle. Nos queda lejísimos la convocatoria de aquellas manifestaciones de agricultores y ganaderos enfadados por la imposibilidad de vender sus productos a precios razonables. El miedo a la muerte lo eclipsa todo, por supuesto, y esta discusión quedó pendiente. El problema sigue ahí, ahora con agravantes. Aunque no a cero, las ventas de productos agrícolas han caído por el cierre de bares y restaurantes, el suspenso de la actividad turística y la contracción de la demanda por lógica prudencia del consumidor. El sector que antes se rebelaba y protestaba airadamente, ahora se muerde la lengua. La constante pérdida de renta agraria: reivindicación comprendida y compartida. Si hiciéramos una consulta popular gozaría del apoyo ciudadano por simpatía. Porque lo rural forma parte de nuestro acervo, nos es amable por su propia naturaleza, disfrutamos del paisaje cultivado, sinónimo de orden y riqueza ancestrales.

Renta. La mejora de la renta agraria no es asunto exclusivo de leyes. No hay legislación que pretenda intervenir en el mercado que no arme cierto estropicio aunque se promulgue cargada de buenas intenciones. El legislador se arriesga con la regulación de la cadena alimentaria que pretende que el contrato exista y que refleje los costes reales de producción -cuya concreción en la práctica presenta enormes dificultades técnicas- para que sirvan de base en la conformación del precio final al público. También prohíbe la “venta a pérdidas” y limita la utilización de promociones comerciales con productos frescos.

Condicionantes éticos. Sin tenerlos en cuenta los buenos propósitos no servirán de nada: imprescindible apelar al comportamiento responsable. Los productores que ofrezcan la máxima calidad y garanticen la seguridad alimentaria, la cadena de distribución que aplique el margen justo en cada eslabón, respete la trazabilidad y señale la procedencia y el consumidor que actúe cómo quiera con toda esa información… unos estaremos dispuestos a pagar más por algo bueno que no ha viajado por medio mundo y otros no; en ambos casos que podamos decidir con pleno conocimiento de causa.

Soberanía alimentaria. Un sector que en Canarias no llega al 1,6% del PIB, en estable retroceso. Una historia de monocultivos que nunca fueron suficiente para evitar la pobreza y la emigración. Y ahora, en el siglo XXI, sin renunciar a la exportación para equilibrar nuestra balanza comercial, entran en juego otras consideraciones. Hablamos del incremento del autoabastecimiento, vinculado a minimizar la importación de productos frescos, por lógica ambiental, social y económica. Procurar alimentos de proximidad y presumible alta calidad: tenemos 2,3 millones de residentes y número todavía indeterminado de turistas a los que dar de comer. Una iniciativa que creará riqueza y generará empleo.

AIEM. El debate está abierto respecto a la conveniencia de incluir determinados productos agrarios, ganaderos y pesqueros en este impuesto. Un arancel puro y duro que se aplica con la finalidad de encarecer lo que viene de fuera. A favor: con un coste mayor se reduce la diferencia de precio de venta, el producto local compite mejor e incrementa su producción, que es lo que se pretende. En contra: sube el precio de la cesta de la compra con graves implicaciones para las familias con menos recursos. Rompamos el círculo vicioso: somos pobres, no chuta la agricultura local porque no compite, no compite porque es más cara y necesitamos que funcione para salir de pobres. Lo veo claro, para avanzar en el autoabastecimiento establecer este arancel vendría de miedo. En un escenario de apuesta por la soberanía alimentaria, la subida de precios ocurrirá de cualquier manera al aplicar la ley de cadena alimentaria que evidenciará unos mayores costes de producción en las Islas. Tal cual.

domingo, 26 de abril de 2020

Teletrabajo, pues no

Vacaciones eternas. El teletrabajo estaba idealizado. Imagino que ya te habrás dado cuenta. Lo sufren los ciudadanos de este planeta confinados por mandato gubernamental y responsabilidad social que no se dedican a labores esenciales que requieren presencia física. Trabajar desde casa esta muy bien pero hasta cierto punto. “Sería distinto si pudiéramos salir para otras cosas” dirá quien planea ahorrar en el espacio de oficina para justificar una reducción de costes en su empresa. Abren el debate por interés de parte, aunque en realidad bien sabes que trabajar en casa es muy incómodo. Idealizado, como eso de estar de vacaciones todo el rato, que nos parece el estado perfecto y, si uno pudiera, sobrepasado el primer mes, se parecería más a estar en el paro, situación que no le gusta a nadie. “Yo podría estar todo el año de vacaciones” me refutará usted que se pasa toda la vida esperando jubilarse, pero observe y verá que un alto porcentaje no disfruta de ese nuevo estado aunque jamás lo confiese.

Productividad. Si viviéramos en unas casas de esas enormes como las que salen en las películas americanas, con jardín delantero y trasero, porche, garaje, canasta de baloncesto, amplia primera planta y enormes dormitorios en la segunda, pues no sé yo. La realidad española es otra para la inmensa mayoría. Tampoco creo yo que sea exclusivamente una cuestión de espacio, pero también... qué pereza tener que liberar la mesa del comedor para su uso principal además de la matraca con las conversaciones de tu pareja todo el día colgado al teléfono. En casa se escaquea uno menos que en la oficina no vayan a pensar y se dedica mucho más tiempo efectivo que el pactado y a cualquier hora: “ya que estoy, total, termino esto, que no hay nadie esperando a que llegue a casa”. Los números salen, seguro, hasta que entremos todos en barrena afectados por el desánimo.

Creatividad. Ni las grandes empresas tecnológicas han prescindido de los espacios comunes de contacto y podrían haberlo hecho hace muchos años. La opción del teletrabajo se ofrece como una ventaja según la situación personal específica de cada individuo pero no se prescinde del cuartel general ni de las delegaciones. El contacto entre las personas, la dinámica de equipo, el intercambio de ideas y el ambiente propicio generan conocimiento y condiciones para una acertada toma de decisiones. Separar los ámbitos -el laboral del familiar- ayuda al equilibrio entre los diferentes planos del desarrollo personal: cada uno introduce en nuestra efímera existencia diferentes elementos de motivación y felicidad.

Sensatez. Un hecho insólito que en estas latitudes la inmensa mayoría de la población esté aguantando metida en casa un par de meses. Un escenario habitual en el norte de Noruega, por ejemplo, tenlo en cuenta, tan estupendos no somos. En el mundo laboral algunas cosas sí que deben cambiar. Pero no será por un virus sino por el propio avance de la tecnología y la sensatez que acompaña inevitablemente a los nuevos tiempos: menos horas semanales presenciales, horarios más cómodos, conciliación real, calendario escolar compatible, ayuda efectiva a las familias que quieran tener hijos.

Incineración. Ahora bien, el virus sí que servirá para desenmascarar el mantra -repetido un millón de veces- de recicla, recicla, recicla y el anuncio precipitado de la inminente prohibición de los útiles de un solo uso. Manda la exigencia, por pura supervivencia, de evitar el contacto mediante mascarillas desechables, guantes y todo tipo de material de protección cuyos residuos deben ser destruidos. El reciclaje está bien en muchos casos, pero no con carácter universal, mucho ojo con asumir riesgos en esa manipulación.

domingo, 19 de abril de 2020

El manifiesto

Revolución. Me mola, dicho sin ironía ninguna. Para un revolucionario nato como yo el manifiesto anuncia la dimensión de la insurrección, mecha desencadenante que anticipa la toma de la calle y el emplazamiento de las barricadas. El manifiesto por definición debe estar dirigido a la opinión pública (si es que esta existe), proponer un plan plausible (no una mera formulación teórica) y defender ideas que puedan entenderse como novedosas respecto al sistema establecido. Para que tenga éxito resulta de vital importancia que sea entendido por un número suficiente de personas, que lo hagan suyo y que remueva conciencias para pasar de la insatisfacción a la acción, del “me gusta” a la huelga general.

Spam. En la era digital cualquier manifiesto es spam. En el caso improbable de que nos llegue alguno, ni lo abrimos, salvo que le tengamos aprecio personal a su autor, interés especial en el tema y nos pille extremadamente ociosos. Firmamos un “change.org” con un enunciado sugerente por solidaridad, nadie analiza nada, nada de nada. Porque en la era digital es dificilísimo mantener un debate constructivo dentro de los límites de la educación. El alejamiento social desinhibe la falta de respeto y toda discusión acaba en bloqueo o tenso silencio, cero consenso. Así es imposible arrancar una revolución.

Títeres. “Todo lo malo que nos ocurre es por la inacción del gobierno e imprevisión institucional”, “los políticos son unos inútiles” y todo eso. Y por si fuera poco, lo bueno nos sucede cuando actuamos en libertad al zafarnos de ese yugo. Vivimos en un país de entrenadores de fútbol y de ministros de economía. Eso de “lo que el presidente debería hacer ...” es sin duda el sintagma más pronunciado en este insufrible confinamiento. Y entonces el manifiesto pierde su condición rebelde y se convierte en elementales instrucciones de presunto obligado cumplimiento: el predicador pretende ocupar el puesto de ventrílocuo para manejar los hilos y que el político de turno siga dando la cara -que a mí me da la risa- para poder continuar con la leña al mono llegado el caso.

Reflexionar. Tantos días en casa y todavía no te has decidido a sacar los Legos o a desempolvar el Scalextric. Hazlo, por salud mental. O coge un libro, métele a los clásicos, que por algo son considerados como tales: Dostoievski si quieres profundizar en la inmundicia humana, Pérez Galdós para que te ayude a desdramatizar en estos momentos difíciles o El Quijote como enseñanza universal. El santo día en internet afecta, el algoritmo se encarga de retroalimentar tus propias paranoias. Buscar criterio es un fin en sí mismo. Buscar argumentos para sublevarnos de este cautiverio es inherente a la condición humana.

Opinar. Cada ámbito de la vida económica funciona según sus propios mecanismos, con unos principios generales -ética y legislación básica- y unos específicos. Cada rubro o sector maneja su propio lenguaje y sus propias normas no escritas que solo la experiencia ayuda a descifrar. Como simples consumidores, el comercio minorista se nos antoja un juego de niños -¿quién no montó su propio mercadillo de frutas de plastilina?- hasta que alguien nos hace entender que se trata de gestionar un stock, comprar y vender, con su complejidad en un ecosistema altamente competitivo. O como usuarios del sistema sanitario, nos puede resultar inexplicable tanta cautela en la gestión de esta crisis de salud pública que pretende evitar el colapso de la capacidad asistencial. El efecto Dunning-Kruger explica el comportamiento de quienes opinan de manera tajante sobre cualquier asunto sin tener conocimiento de causa. Afirman los expertos que aunque nuestra primera reacción sea refutar, no serviría de nada.

domingo, 12 de abril de 2020

Y después, qué

Nuevo mundo. Pues no. No amanecerá un nuevo mundo después de esta pandemia. Opinión que no se sustenta en evidencia científica alguna, mera especulación. Ejercicio de análisis que ni pretende ni conseguirá influir en lo que tenga que ocurrir. Misma economía de mercado, mismo estado de derecho y reforzado sistema de cobertura social. Y de propina múltiples evidencias respecto a las que un porcentaje de individuos tomará conciencia y otro no, que siempre hay quien no se da por aludido; la vida misma.

Primero lo positivo. Si es que se puede decir así. Ya lo habíamos demostrado cuando dejamos de fumar en los locales públicos de un día para otro. Los españoles somos muy quejicosos pero igualmente disciplinados, por mucho ruido que haga el nota del megáfono plantificado en cada esquina. La reclusión domiciliaria funciona por pura lógica. Solidaridad y estoica comprensión frente a la realidad que nos espera, que será terrible, aunque mucho menos terrible que sucumbir ante la jodida enfermedad.

Lo negativo. Las pérdidas humanas. Y nada se ha oído de los retrovirales ni de la vacuna que nos proteja del Covid-19 y de sus descendientes, seguimos sin estar seguros. Miedo como con el cáncer que aparece de repente y ya es demasiado tarde. O la impotencia con el Alzheimer que te sustrae de tu propio ser. O cuando a finales de los ochenta nos sorprendió el sida. Y no quiero ni imaginar cómo vivía la gente antes de que Fleming descubriera la penicilina. Aunque bien pensado con todas estas amenazas hemos llegado hasta aquí, con enormes incertidumbres pero con avances más que evidentes.

El día siguiente. Saldremos de casa. Saldremos con las medidas de protección que nos imponga la autoridad de salud pública, sin duda, y en masa. Anticípese, pida hora con su peluquero que andará muy ocupado, no se atreverá a dar cita concreta pero téngalo atado, que se presenta una importante punta de trabajo para este gremio. No así para los empresarios de otras actividades que procederán con suma cautela en ese primer momento, esperarán a que la rueda empiece a girar antes de reincorporar a sus trabajadores -hayan optado por el ERTE o por aplicar despidos-. Por tanto, una oportunidad para autónomos y microempresas en el comercio, el transporte y la hostelería que se enfrentarán a menor competencia inicial, un incremento de negocio que deben saber gestionar. Entre medio la administración pública se colapsará sin remedio cuando los plazos suspendidos vuelvan a correr. Y con todo, nuestro futuro en las Islas dependerá de según y cómo se organice los vuelos que traen a los turistas, se verifique los negativos antes de embarcar y se establezca protocolos infalibles en el caso de. Al permanecer libres de la epidemia, volvemos a estar en mejores condiciones que cualquier otro destino turístico competidor, presumiblemente con un pico en la demanda, y es que también los guiris llevan muchos meses de reclusión.

El otro día siguiente. Esta condena en prisión preventiva nos debe enseñar qué es lo realmente importante. Máximo respeto al personal sanitario por jugarse la vida por todos nosotros. Toda nuestra consideración para agricultores, ganaderos y pescadores que siguen en el tajo echándonos de comer. Y renueve la cocina, ni usted mismo entiende cómo pudo estar tantos años así, busque una casa mejor, más grande, que los chicos crecen, con un patio o con una terraza que haga más llevadero el próximo confinamiento y decídase, abandone de esa relación tóxica que no le lleva a ningún sitio, libérese y encuentre el amor, ya le digo yo que es la mejor manera de manejarse en una convivencia prolongada.

domingo, 5 de abril de 2020

La opinión pública murió


Golpe de estado. Mi amigo asustado por el cariz de las conversaciones de estos días en un par de grupos de whatsapp en los que participa, gente aparentemente normal, compañeros de trabajo, antiguos camaradas de estudios, familia, no sé bien. Asustado porque se incita sin tapujos a desmontar el sistema, todo muy apocalíptico. Culpables, culpables, los representantes elegidos en democracia son culpables, desollados en la vía pública, escarnio e imputación de responsabilidad por cada una de las muertes de ese jodido virus. Demolición, a cara descubierta, a las barricadas, a engendrar un nuevo orden. Mi amigo, asustado, no sale de su asombro: miedo puro y duro.

Descrédito. La exposición prolongada a las redes sociales -propia de este confinamiento- ofrece un panorama similar. El algoritmo muestra la denigración extrema al actual presidente del gobierno y a su equipo, con acusaciones gravísimas y todo tipo de insultos nada velados, un tratamiento mucho peor al que vivimos durante la última etapa de Rodríguez Zapatero, que ya es decir. Me pregunto si quienes se expresan con tal desparpajo, con tales exabruptos, con tanto desprecio e indignación, serían capaces de decírselo a la cara si tuvieran la oportunidad, al presidente Sánchez o a cualquier otro con el que mantuvieran algún desencuentro ideológico. Me pregunto también qué decisiones adoptarían esos mismos exaltados si sus pensamientos mesiánicos pudieran entrar en vigor tras pasar por la preceptiva publicación en el BOE. Porque soltar sapos por la boca es una cosa y tomar decisiones de obligado cumplimiento es otra muy distinta.

La trampa. En esos chats de treinta, cuarenta o cincuenta personas quienes vierten las ideas radicales son unos pocos, siempre los mismos, que comparten noticias sin contrastar, despotrican y aplacan con virulencia cualquier atisbo de iniciar un debate constructivo, esos que utilizan el insulto personal cuando escasean argumentos para refutar. Cada grupo gira sobre su eje con su propia dinámica: reinan quienes practican la verborrea, unos pocos que tratan de meter baza de vez en cuando y una inmensa mayoría de meros observadores: el rumor que pueda trascender no es ni por asomo la opinión del conjunto. En internet la interferencia es mucho mayor, orquestada con ayuda de la tecnología, pagada incluso. Descubrimos que se emplean miles, millones de perfiles falsos para difundir todo tipo de disparates con intencionalidad. Confieso que me cuesta encontrar la motivación para desperdigar determinadas mentiras, tendrá que ver con socavar la reputación de los protagonistas o con generar un estado de confusión general. Cuesta pensar que encierre un afán electoral, sería absurdo después de un par de largos años de incertidumbre, con un gobierno recién constituido y en una crisis sin precedentes que nadie en su sano juicio querría -por iniciativa propia- tener que gestionar.

Conspiración. Respecto a pretender la confusión generalizada entiendo que existen tantas explicaciones plausibles como admita nuestra imaginación. Desde provocar la caída de la bolsa para que alguien tome el control de una gran corporación a precio de saldo, hasta pretender canalizar grandes cantidades de dinero público hacia la industria farmacéutica. Desde conseguir que sea condonada la enorme deuda financiera que ahoga a determinado sector productivo hasta permitir que los Puyol eludan su entrada en prisión. Ni idea.

Nuevo orden. El concepto “opinión pública” ha muerto. Ese palpar el sentimiento colectivo a través de un chequeo aleatorio o mediante prescriptores formales o informales, resulta imposible de evaluar: demasiada información, no disponemos de la herramienta para extraer la verdad, si es que existe. Un nuevo orden: toma de decisiones políticas con absoluto pragmatismo y piel gruesa para la crítica. Y para la validación o censura, esperar a las urnas.

domingo, 29 de marzo de 2020

La culpa fue del cha-cha-chá

Culpable. Mi abuelo Espinosa hacía un cuento de cuando en Santa Cruz la vida giraba en torno a la actividad portuaria. Nunca supe si se trata de una historia real o si aquel detalle solo aportaba el contexto. Comenzaba con un barco que atraca y la adquisición de un mono. El satisfecho comprador se lo lleva a casa pero al día siguiente el mono muere. Desconsolado busca al vendedor y le reclama, se siente engañado, cree que le ha vendido un animal enfermo y le exige la devolución del dinero. El marino, hierático, le pregunta -¿y qué le diste de comer?-, -un plátano-, responde, -¡pues ya te lo cargaste!-, sentencia.

Pobreza y desigualdad. Precisamente de esto va esta pandemia, de monos y otros animales salvajes vivos con los que se comercia y que sirven de alimentación a una población pobre de solemnidad en esos países con abundantes selvas tropicales, una realidad tan lejana y tan cercana. Virus propios de todo tipo de especies que saltan a las personas, que mutan para adaptarse a un nuevo huésped que no está preparado para combatirlos. Un fenómeno que no es nuevo, antaño morían pequeñas comunidades sin que trascendiera, la familia y su entorno cercano. En este caso, la extremada facilidad para propagarse del COVID-19 y la globalización, provocan una pandemia de gigantescas proporciones e inciertas consecuencias. Sabemos que se transmite a mayor velocidad que la gripe y que esa característica lo hace especialmente peligroso, no para un individuo -que lo sufrirá según su estado de salud previo y la posibilidad de atención médica- sino para el conjunto de los ciudadanos al agregarse la demanda que colapsa el sistema sanitario. Confinamiento para detener la propagación, ese es el plan, mientras la ciencia trabaja a marchas forzadas para conseguir un retroviral y/o una vacuna que nos proteja del contagio.

Reenfoque. Hay que repensar este modelo de globalización, en eso estamos de acuerdo, capaz de mejorar el bienestar de la población mundial, que nos trae la enfermedad y paradójicamente también nos provee de los medios para combatirla. Ya había indicios de que la deslocalización industrial no fue una buena idea, ahora se constata. China quedaba tan lejos pero no lo está, confinar a 40 millones de personas en Wuham nos parecía una exageración pero no lo era. Ni caso al refranero: si las barbas de tu vecino ves cortar...

Llegó la epidemia y el Gobierno de España le dio un plátano. Es nuestra naturaleza -como nos descubrió Esopo-, no tenemos elección: buscamos culpables. El presidente Sánchez, desencajado en cada intervención pública, y su panel de expertos que ya no sabe qué decir. Los partidos de la oposición no pueden resistir mostrar cierto desacuerdo pero dan el apoyo, a regañadientes, reproche y resignación, todo muy medido, sin evaluar el efecto de esa conducta en la toma de decisiones por parte de sus adversarios políticos responsables de hacerlo. Con la perspectiva actual enjaular a mil turistas en el H10 Costa Adeje Palace fue una medida dificilísima que ahora nadie discute, en febrero sí... ha pasado un mes, solo un mes. Preocupante también la falta de cohesión de la Unión Europea para afrontar el trance cuando más falta hace, al menos una respuesta política, una mentirijilla piadosa, una llamada a la solidaridad.

Suerte. Que haya quien redacte y mande publicar reales decretos de obligado cumplimiento. En una catástrofe de esta magnitud, sin precedentes, -recordaremos con cariño la crisis del 2008- cualquiera otros responsables políticos cometerían idénticos errores o distintos errores con idénticas incertidumbres. Y sus oponentes responderían con similares ambages. Mejorar nuestra propia naturaleza es el reto.


sábado, 20 de abril de 2019

Sin prensa libre

Conocemos la teoría del cuarto poder. Tres contra uno, el legislativo, el ejecutivo y el judicial sujetos al escrutinio de la prensa. Equilibrio a través del autocontrol de quienes ostentan el mando en plaza por miedo a la denuncia pública, en este mundo cruel de moral disoluta: si no hubiera examen exhaustivo del comportamiento ni capacidad material de difundir las tropelías, imagínese la bacanal. Aunque me resisto a aceptar la corrupción como intrínseca de la condición humana, no restaré importancia a la imprescindible independencia de los medios para contar la verdad, toda la verdad, y para opinar a favor o en contra desde el respeto que merece cualquier posicionamiento ideológico o dogmático.

En la práctica este mecanismo no funciona bien ni nunca lo hizo: sucio dinero que todo lo pervierte. Porque la actividad periodística tiene un coste y el ejercicio de la política unas ganancias, efectivas o potenciales. El peculio entra en la ecuación. El supuesto equilibrio, mero espejismo, ni siquiera cuando los consumidores pagábamos el soporte y las empresas contrataban publicidad estuvimos libres del abuso de editores sin escrúpulos ni de la influencia del poder ni de sus mutuas confabulaciones. La prensa concebida como negocio, en manos del capital, con la exigencia de dar beneficios. Todos elementos de un modelo perverso e ineficaz para ejercer el control que pretende: ojo con publicar que tal cadena de supermercados vende ilegalmente a pérdidas porque es un importante anunciante, ojo con destapar que ese mismo holding cobró ayudas públicas contrarias a la libre competencia porque ambos empresa y administración son importantes anunciantes.

En la era digital el intrépido ciudadano no paga por la información, la hay a raudales, circula por internet de todos los colores. Y como necesitamos garantizar su veracidad, que la falsa es irrelevante, elegimos periódicos digitales de prestigio y reconocida solvencia. Y como no saben cómo retribuirse, nos inflan a publicidad emergente, muy incómoda y absolutamente insuficiente que deriva en despidos, trabajo precario, copia/pega y el uso indiscriminado de la nota de prensa. Cabeceras relegadas a ejercer de canal que transmite la información que elaboran otros: agencias, administraciones públicas y grandes corporaciones que pueden pagar profesionales. Noticias que se publican sin la mínima comprobación que exige la prudencia periodística, sin recursos para investigar ni para indagar en lo más cercano, para algo de crónica local.

El cuarto poder no existe como tal. De la información que nos llega no podemos garantizar su origen ni veracidad. Un ecosistema de empresarios, políticos y funcionarios que campan a sus anchas y dictan lo que leemos en prensa y escuchamos en la radio. A veces trasciende algún asunto, cuando surgen conflictos de interés entre quienes pelean por el poder, rivales que lavan sus diferencias en público para avanzar en la negociación. Brochazos de un lado y de otro, pero no se investiga/profundiza por falta de medios o por indicación expresa: una feroz huelga de empleados públicos que se desconvoca sin motivo aparente, un desvío de fondos, una supuesta irregularidad, cualquier hecho relevante del que nunca más se supo. Y trasiego de dinero que permite a la rueda seguir girando que nadie sabe muy bien en concepto de qué.

A la sociedad le interesa que haya prensa libre e independiente que investigue hasta las últimas consecuencias, que informe y que desmonte las noticias falsas. A la actividad económica y al empleo le interesa la trasparencia real. A la administración pública le interesa que se conozcan sus luces y sus sombras, combustible imprescindible para la mejora continua. Necesitamos prensa libre, profesional y que no sea un negocio. Vaya conclusión.

miércoles, 2 de enero de 2019

La verdad no interesa

No es cierto que la prensa sea el cuarto poder. Imposible, como actividad económica está sujeta a las reglas básicas del mercado y se debe a sus clientes que no siempre somos nosotros -lectores, oyentes, televidentes o internautas-, sufridos ciudadanos. Agravado por la coyuntura actual, en plena ebullición digital, sin un claro modelo de negocio, pagan más y mejor las administraciones públicas y el gran capital. En consecuencia, poco o nada del ansiado equilibrio: los medios de comunicación ni son capaces de controlar a los poderosos ni lo intentan con excesivo fervor por puro instinto de supervivencia. Realidad que se agrava en el ámbito local respecto a los hechos relevantes para la comunidad y la política doméstica.

La prensa libre como idea utópica, poco más, seamos realistas. Que la verdad circule con autonomía tiene potentes detractores entre quienes veneran (todavía) al Hobbes de “la información es poder” o entre quienes incumplen las normas en beneficio propio, por poner un par de ejemplos, complete usted la lista. Y es que la prensa libre, en su caso, crearía damnificados, claro está: todos los que aparezcan en esa relación, nada indefensos y con muchos recursos.

La verdad funciona a favor del interés general a largo plazo en pro del bienestar de las personas, para dotar de eficacia a la democracia, para crear las condiciones de la sana competencia, para castigar las malas conductas. Admitamos la mentirijilla piadosa ligada a la sinceridad gratuita, tan dañina, y contemos la verdad, todo son ventajas. La sociedad gana y el malandrín pierde. Verdad y transparencia. Que sea verdad y que se sepa.

Falta encontrar a ese alguien que cuente la verdad, que escuche a las fuentes, que investigue y contraste, que redacte con enfoque y comunique a través de los medios -medios hipotética e igualmente libres-, en definitiva, gente dispuesta al ejercicio del periodismo. De eso sí que hay, doy fe, con vocación, profesión y ganas. El reto: encontrar cómo remunerar ese trabajo y cómo pagar el soporte para abrir y mantener un canal capaz de llegar a muchas personas, a la tribu. Porque quien paga manda, con sus alternativas habituales: la venta de ejemplares, suscripciones y promociones, la publicidad, la recepción de subvenciones o ayudas de la administración pública, la colaboración de lobbies empresariales, partidos políticos y de otros grupos de presión. Las primeras -insuficientes- las paga el receptor y las demás el emisor.

En el mundo del internet-del-todo-gratis, póngale comillas, las noticias no se difunden por su relevancia ni como mecanismo de control ni para el fomento del sano juego democrático. Ni siquiera somos capaces de distinguir la verdad de la mentira. Circula información atómica, atomizada desde el terminal de cualquier desaprensivo en Moscú o en Guadalajara. Las “fake news”, el esperpento de la inocentada cotidiana, la manipulación intencionada de los algoritmos que muestran contenido en las redes sociales que nos convierten en víctimas de la tecnología. Antes estábamos en manos de los magnates de la prensa y ahora ni siquiera sabemos quién nos manipula.

En conclusión: 1) la verdad le conviene a la sociedad, como ente colectivo formada por individuos que conviven en un territorio, para dotarla de libertad y garantizar la democracia y 2) el coste de buscar la verdad, contrastarla, elaborar la información y difundirla no lo paga el ciudadano en el mundo del todo gratis ni debe sufragarse vía impuestos, en manos del poder político, ni vía patrocinio, condicionada por el poder económico. Cualquier alternativa se me antoja inviable. Pensé en una fundación independiente que reciba donaciones anónimas, pero requeriría de un patronato de voluntad inquebrantable y no me lo creo ni yo.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La araucaria

Mis abuelos vivieron en el callejón del Combate, en Santa Cruz, desde finales de los años treinta. El edificio sigue en pie. En los bajos, en el local que hoy ocupa un reputado restaurante, estuvo la redacción y rotativa del periódico La Tarde, trasladado desde Ruiz de Padrón, antes de ubicarse en su sede definitiva de Suárez Guerra.

En el primer piso. Nunca entendí del todo cómo pudieron vivir en aquella casa -que no tendrá 110 metros cuadrados- más de quince personas, incluidos mi padre y sus doce hermanos, mis abuelos y una chica que llegó de La Palma por un par de días y se quedó cuarenta años. Con orden, turnos para el baño y mucho amor, cuentan mis tíos.

El callejón del Combate está donde ahora pero sin pavimentar y más estrecho. Años después, durante la obra de ensanche, en la confluencia con Pérez Galdós, apareció un cañón enterrado, inquietante.

La calle de El Pilar en aquellos años solo llegaba hasta el encuentro con Suárez Guerra, Teobaldo Power (la "otra calle", que decía mi padre) y el Adelantado, esa estrecha que conecta con Valentín Sanz (antes Norte). Cuesta imaginarlo; tiempo después prolongaron El Pilar hasta Villalba Hervás que es como la vemos en la actualidad. 

Todas aquellas manzanas eran de casas bajas de forma que desde casa de mi abuela, en el Combate, se veían los árboles de la plaza del Príncipe. Parece increíble con esos enormes edificios que se construyeron después.


La plaza del Príncipe, una de las alamedas de Santa Cruz, donde tenía lugar gran parte de la vida social de esta capital de provincia. Con esos laureles de indias que todavía hoy (son los mismos) dominan el espacio y crean el aire de pazla semipenunbra de la umbría que tamiza la luz y el fulgor veda, con el templete en su centro, donde aquella juventud se dejaba ver en infinitos paseos circulares. Los parterres han sufrido modificaciones posteriores pero la espesura es la misma, el alto dosel de la arboleda, alcázar de verdor.

Sabemos dónde estaba la araucaria por fotos de los años sesenta, en el cuadrante sureste. Alta y espigada, con las secuelas de la lucha por alcanzar la luz, por traspasar la bóveda densa de los laureles, la urdimbre del boscaje, que finalmente venció, gentil goleta, para clavar en el azul su arboladura.

Contaba mi padre que este poema lo escribió mi abuelo convaleciente, desde su cuarto en casa, desde donde contemplaba esa postal, con el verde mar de las copas de los árboles, las ondas de verdura, y la araucaria que asoma, recortada su silueta sobre el azul del cielo.

Los versos los declama mi padre desde hace años, reminiscencia de aquella memoria prodigiosa. Después encontramos el texto mecanografiado, de 1944, entre los papeles de mi abuelo:











[Las fotos me las mandó mi amigo Francesco Salomone, compañero agrónomo y entusiasta de los jardines y de su historia... por cierto, sus abuelos y su madre vivía por allí, muy cerca del callejón del Combate]

sábado, 3 de marzo de 2018

Inquietante

Susto. Adivine quién se beneficia del actual revuelo con las pensiones. Quién está detrás de las
movilizaciones, de la indignación por ese 0,25% de mísera subida, quién gana y quién pierde al enfoguetar a nuestros desocupados mayores. Asustar a la gente, tremendo, el truco del almendruco de la política más rancia, estrategia electoral de los partidos de la renovación (vaya) que pretenden enfrentar a los jubilados contra el PP. Agitación callejera y asalto al poder. Inquietante que surta el efecto pretendido. La mecha muy corta y la mollera muy dura, pero no se deje engañar, porque las pensiones públicas no están en peligro mientras sobreviva el imperio de la ley, funcione el Banco Central Europeo y no caiga un meteorito de grandes dimensiones.

Indignación. Que le congelan el retiro, pues qué pena, qué dura es la vida. Pero modere la queja porque cobrar, usted cobra, puntualmente y todos los meses, su derecho adquirido sin discusión. Y como en España las pensiones no son una estafa piramidal usted no reembolsa de lo que aportó en su momento ni tampoco le pagan solo con lo que cotizamos los trabajadores actuales. El dinero sale de la caja única del Estado, que eso de la "hucha de las pensiones" no es más que otra engañifa, como las pulseras magnéticas o la homeopatía. Le sugiero que afloje el pistón con la reivindicación porque los sueldos de ahora no son los de antes, la población activa decrece, el paro sigue por las nubes, convivimos con el subempleo y los falsos autónomos, además nos inflan a impuestos para pagar su pensión, precisamente. Inquietante la falta de empatía de los puretas, su incapacidad de identificarse con los demás, para entendernos.

Previsión. Algo habrá que hacer a largo plazo con este asunto, subir las mínimas para garantizar cierta dignidad, limitar las máximas para compensar y aflojar los impuestos al trabajo que tienen tan poco sentido. De esto no se habla, ni de volver a fomentar la compra de vivienda propia como vehículo de ahorro, aunque solo sea para vivir dentro y para eludir los perversos efectos del alquiler vacacional. Y que cada cual se complemente la jubilación como le dé la gana. Inquietante que nadie prevea dejar escrito cómo quiere que se gestione su dinero y su patrimonio para ser atendido en la vejez cuando sobrevenga la dependencia, lotería de la que llevamos la mitad de los números.

Devoción. Esas personas bien vestidas y de buenos modales, con carteles portátiles y expositores, en cualquier esquina de la ciudad. No interactúan con los transeúntes, solo nos observan con avidez. Muy inquietante.

Suplicio. Entiendo que nos sorprenda un atasco puntual como consecuencia de un accidente, por ejemplo, pues te fastidias. Me cuesta aceptar, sin embargo, que haya quienes se chupan la caravana a diario durante veinte años. Algo tiene el agua cuando la bendicen y algo tendrá el Valle de La Orotava que justifica el tiempo perdido por tantas personas cada mañana. Debe ser que como vivo en Santa Cruz (fíjese) me estoy perdiendo por tolete una experiencia vital insuperable: imposible comparar el monótono amanecer sobre la mar atlántica frente a la excepcional puesta de sol del otro lado de la dorsal. O puede que, ciego de amor, no perciba las carencias del área metropolitana, inhóspita, sin bienestar real, sin calidad de vida suficiente para competir por esas horas perdidas en la carretera. Hay suelo, vivienda libre, transporte público, comercio, servicios básicos de primer orden. Inquietante que cambiar de residencia no se plantee siquiera como opción para dejar de sufrir las colas infinitas, solución simple, ecológica e inmediata, típica del optimista nato.

(Publicado en el periódico El Día el 3 de marzo de 2018)

sábado, 17 de febrero de 2018

La guagüita de la solidaridad

Magia. Ya sé cómo acabar con las colas de la TF-5, el atasco en el acceso a Los Cristianos o la saturación de la terminal del Aeropuerto Tenerife Sur. Y no me he vuelto loco. La solución está en el PP, el llamado "presupuesto participativo", la gestión política que devuelve la democracia a la gente, el mecanismo que evita que "el elegido, en lugar de representar, sustituya al votante", como señaló Olívio Dutra, exalcalde de la ciudad de Porto Alegre, al principio de los noventa. Mark Stevenson, un intrépido periodista británico, viajó hasta el sur de Brasil el año pasado y entrevistó a este y a otros pioneros para entender cómo funciona el sistema después de casi tres décadas, el de los "presupuestos participativos", copiado ya por muchas administraciones públicas, incluidas la ciudad de Nueva York y nuestra querida Santa Cruz. Y se me encendió la luz.

Contexto. Detalla Stevenson el caso de Belo Horizonte, un conglomerado urbano de varios millones de personas, muchas de las cuales viven en un entorno precario y con grandes deficiencias en servicios básicos. Describe cómo el ayuntamiento calcula para cada ejercicio el "Índice de Calidad de Vida Urbana" de cada barrio, a partir de múltiples indicadores como la facilidad o no para acceder a la educación, la vivienda o la sanidad, las comunicaciones o la delincuencia. Detectado dónde hace más falta, el consistorio elabora una primera lista de actuaciones que somete al debate ciudadano. Nótese que una herramienta de este tipo introduce objetividad en las decisiones políticas, pura tecnocracia pensará usted, pues no; veremos cómo ayuda a afianzar la democracia.

El cenit. Esa primera relación, junto a las propias que surgen de la participación popular, se discuten, unos proyectos se eligen y otros se descartan. Como siempre hay restricción presupuestaria, las iniciativas seleccionadas compiten entre sí y finalmente solo se ejecutan las que más apoyo reciben de entre los propios participantes. Y en este punto es cuando el proceso democrático alcanza su cenit, simple e implacable, porque para culminar la selección todos se suben a una guagua y recorren uno a uno todos los barrios en donde cada promotor explica el porqué y el para qué de su propuesta. Lejos de insistir con egoísmo en inversiones que les beneficiarían directamente, las personas normales, por lo general, se pliegan a la evidencia y ceden prioridad cuando constatan que alguno de los problemas que se pretende resolver es mucho más acuciante que el defendido. Dos al precio de uno: democracia y solidaridad.

A la guagua. Imagínese las posibilidades que tiene el método. Que el presidente del Cabildo de Gran Canaria sostiene que la carretera de La Aldea exige el mismo esfuerzo presupuestario que el cierre del anillo insular de Tenerife, pues lo montamos en la guagua y lo llevamos al Puerto de la Cruz -a él y a todos los vecinos de San Nicolás-, los invitamos al Loro Parque, a un helado y a pasar la noche, y los traemos de vuelta a coger el barco a primera hora para que disfruten en compañía de los miles de conductores durante las varias horas de caravana. Que en las Cortes no entienden la necesidad de dotar y cumplir el convenio de carreteras con Canarias, pues a la guagua -a sus señorías y todos los vecinos de Zamora- por la Autovía Ruta de la Plata primero y después de amanecida por Acentejo, por comparar.

Empatía. Y así con todo: mostrar el abandono. Participación ciudadana y responsabilidad colectiva, ni populismo ni neoliberalismo, se acabó la política convencional. Una nueva (vieja) forma de prosperar: corregir primero lo que está peor.

(Publicado en el periódico El Día el 17 de febrero de 2018)

sábado, 3 de febrero de 2018

La nieve del Teide

Experiencia única. De pequeño subimos un par de veces a ver la nieve en el Seat 1430 de mi padre, forrados con varias capas porque no teníamos verdadera ropa de abrigo. En realidad nunca vimos mucho más que algo de hielo acumulado en las zonas de sombra. Ya de mayor, un día nos deslizamos por las laderas nevadas cerca de El Portillo y algunos años después, una mañana de Reyes, con mi primo Eduardo, llegamos cerca de Izaña a ver nevar. Recuerdo también algún nevero junto al sendero del Pico Viejo y poco más; hasta ahí llegaba mi experiencia con el blanco elemento en el Parque Nacional. Pero en una ocasión, alojados en el Parador de Las Cañadas, cayó una nevada tremenda, como la de esta semana, y nos quedamos aislados. El paseo sobre la nieve virgen fue impresionante; el silencio, indescriptible. Bien equipados, bajamos a las Siete Cañadas, pasamos por el sanatorio hasta la base del Teide sin cruzarnos con nadie, sin escuchar un coche, solo viento y nieve, solos como exploradores en la Antártida. Una vivencia excepcional.

Ahora. Las carreteras a la cumbre están cerradas. Somos muchos, no estamos preparados para circular (ni sabemos) en estas condiciones de hielo y nieve, no abunda la sensatez ni las autoridades pueden garantizar la seguridad de los ciudadanos que desean pisar el manto blanco. La prohibición es lógica. Y la activación del "Operativo de nevadas" cuando se pueda, para permitir el acceso ordenado y sin riesgo. Pues eso, paciencia.

Pagar. Con extremada prudencia propone el Cabildo la introducción de servicios de pago en Las Cañadas, esté nevado o luzca el sol. Me parece lo propio. En todos los parques nacionales del mundo -admítame esta generalización no corroborada- se paga por la visita, no solo para abonar la prestación de actividades concretas, sino para rentabilizar el patrimonio natural en sí mismo. Los espacios naturales como fuente de riqueza, sostenible e inagotable. Garantía de satisfacción por el dinero desembolsado fuera de toda duda, además, porque el espectáculo no defrauda ni a la primera ni a la quinta sesión. "Pero a mí que no me cobren, que soy tinerfeño, ¡de pura cepa!", alegará usted para tratar de ahorrarse cuatro euros, aunque no encuentro argumento convincente que justifique por qué no debe pagar por disfrutar, si le apetece, de esta maravilla geológica. Los niños gratis, propongo: obligada excursión escolar para enseñarles a querer el planeta en el que viven y que recibirán en herencia a beneficio de inventario.

Racionalidad. Esto del medioambiente ya no está de moda. A la gente, cuando le preguntan en las encuestas, le importa un pepino. En comparación con el paro juvenil, las listas de espera en la sanidad o las colas de la TF5, aquello que ocurra con las tabaibas y los cardones ha perdido todo el interés. Tiene sentido, hemos asumido (por imposición) la protección de la mitad de nuestro territorio después de treinta años de aprobada la ley. Las iniciativas ambientales pierden componente emocional para ser tratadas de forma racional, problemas que se resuelven ahora con planteamientos técnicos. Avanzamos. Bienvenida cualquier propuesta que ponga en valor nuestros atractivos naturales, genere riqueza y requiera utilizar menos recursos públicos.

Profeta. Año de nieves, año de ya se sabe. Vaticinaba en esta misma columna que bastaba hacer creer que las cosas van bien para que pareciera que van bien, profecía autocumplida. En realidad, la vida sigue más o menos igual; piénselo: los indicadores socio-económicos no han mejorado sustancialmente ni el bienestar de las personas ni se han resuelto nuestros problemas estructurales. Y el turismo en máximos históricos, menos mal, pero no da para más.


(Publicado en el periódico El Día el 3 de febrero de 2018)

sábado, 20 de enero de 2018

La política del futuro

Acechan. Mi hijo busca en su móvil información sobre la última novedad tecnológica y al día
siguiente en mi muro de Facebook aparece publicidad de ese mismo aparato. Asusta. Compartimos un mismo paquete familiar de telefonía y acceso a internet, pero cada uno tiene su propio dispositivo. No sé cómo lo hacen, magia potagia. Imagino que un experto nos dirá que son las "cookies" o simples líneas de código que derivan información -con destino publicitario- que nosotros mismos habremos autorizado al aceptar las condiciones de uso del navegador o de las redes sociales. Nos vigilan a todas horas, a cada paso, a cada "click". Profético George Orwell con el Gran Hermano de su novela "1984". La tecnología al servicio de la imaginación o viceversa. Fascinante.

Vender. Se quedó corto Orwell. No sería en 1984 sino treinta años después; además, no hay personas que espían detrás de la pantalla, sino potentísimos algoritmos; no requiere confidentes, nos chivamos nosotros solos; no persigue censurar nuestra conducta, sino identificar qué nos interesa, y no se limita a investigar qué hacemos, sino también dónde estamos. La diferencia más relevante entre estos sistemas de vigilancia universal, el literario y el cibernético, el ficticio y el real, versa sobre su última motivación. En el primero, escrito al principio de la guerra fría, el autor propone la búsqueda del poder en sí mismo, el poder absoluto, la dominación mediante el control de la libertad individual. En esto de ahora, sin embargo, la finalidad parece mucho más peregrina: somos meros consumidores en potencia. Otra forma de dictadura, pensará usted, patrocinada por las grandes multinacionales que dominan el mundo. En cualquier caso, acceder a internet es una decisión voluntaria y activar los datos en el móvil, también. Nos sometemos al "ojo que todo ve" por pura conveniencia, porque nos facilita la vida y de qué manera.

Avanzamos. De aquel futuro "Mad-Max" nada de nada. La gente cada vez vive mejor, en Europa y en Botsuana; mejor no significa bien del todo, pero evidencia el avance. Ni siquiera el cambio climático acabará con la especie a corto ni a medio plazo. Que esos grados de más dañan ecosistemas es una evidencia catastrófica, sin duda, pero no se evalúa el efecto positivo sobre la agricultura, la de verdad, la de las grandes extensiones continentales, la que da de comer a la humanidad. No se deje convencer por quienes predican el Apocalipsis: no habrá falta de alimentos ni de petróleo ni de otras fuentes de energía ni, por tanto, de agua. Permanezco fiel al título de esta columna.

Innovar. Sin grandes conflictos mientras sepamos canalizar nuestro tiempo libre hacia el ocio y la cultura, hacia el bienestar como fin en sí mismo; trabajaremos menos porque no hará falta, porque la tecnología lo permite. El reto de la política moderna, la política de verdad, pasa por aceptar esa nueva realidad, proponer y establecer nuevos mecanismos para la recaudación de impuestos, la cohesión social, la prestación de servicios públicos y la consolidación de derechos.

Más debate. En esto soy menos optimista. Hace falta más sustancia gris, más intercambio constructivo, más discrepancia enriquecedora. Poca fe, porque crear una nueva forma de gestión política es incompatible con nuestro actual sistema de partidos, con su núcleo duro, sus "ideas fuerza", su adoctrinamiento y sus fotogénicos actores que siguen el guion. El patinazo de la diputada de Ciudadanos de esta semana, "que los perros sean personas", sic, preguntada sobre la igualdad de género, y que nadie (ni siquiera su propio grupo parlamentario) exija que devuelva el acta, confirma esta última reflexión. El futuro necesita de la Revolución... ¡de la gente lista!


(Publicado en ele periódico El Día el 20 de enero de 2018)

sábado, 6 de enero de 2018

Nacionalismo periférico

Del pasado. Los términos utilizados recientemente por el profesor, y diputado nacionalista, Juan Manuel García Ramos para analizar la coyuntura política en las Islas nos devuelven al siglo XX. Viejos dogmas que nadie se atreve a cuestionar: desarrollismo, sostenibilidad, superpoblación, consumo irresponsable de territorio, ultraperiferia, deterioro ecológico, reorientación del modelo productivo. Todo muy antiguo y catastrófico. El sistema económico supeditado a la aplicación de planes de acción formulados desde la administración pública, a reencontrar la agricultura y a potenciar la industria para rebajar nuestra dependencia del turismo. Doctrina que ha sustentado la acción política de los últimos veinte o treinta años, y que ha condicionado la producción legislativa autonómica y nuestras relaciones con Madrid, con Europa y con el resto del mundo. Filosofía que tuvo su momento estelar en 2003, con aquella manifestación masiva contra las torres de alta tensión que pretendían pasar por Vilaflor, instaladas finalmente junto a la TF-1 para gloria de sus promotores.

Del presente. Poco que objetar a la insistencia de un señor mayor, preparado y gran orador, coherente con su propia forma de pensar. Preocupante, sin embargo, que no se refute tales paradigmas, constatada su ineficacia por lo ocurrido con el paso del tiempo y felizmente superados por la globalización y la nueva era digital, fenómenos propios de estos últimos años que tienen y tendrán consecuencias directas sobre el funcionamiento de la economía y el bienestar de las personas. Ningún partido político, ninguno, ni los que venían a darle la vuelta al calcetín, ni el suyo propio ni sus coaligados hablan de ideología. La política actual renuncia a ella, se limita a gestionar un presupuesto, comportamiento que tiene el recorrido que tiene. Nada de sangre nueva -con espíritu crítico, inteligencia y ganas- que plantee nuevos argumentos acordes a nuestro tiempo. Si la hubiera, no se escucha, y es urgente que se manifieste.

Diagnóstico. Pensará usted que este inicio de año me ha nublado las entendederas, que nos tienen fritos a todas horas con todas esas ideologías enfrentadas entre sí: las izquierdas contra las derechas, los nacionalistas y los independentistas contra los unionistas, los antisistema contra todos, etcétera. Y puede que tenga parte de razón, pero solo parte, porque los bandos existen, es cierto, como jugadores del Risk que se atacan lanzando los dados. Poco más, porque con total seguridad ni los afiliados ni los candidatos tienen claro cuáles son las ideas fundamentales sobre las que se construye el proyecto político que defienden. Y hace falta. Ese es mi diagnóstico sobre el estado de la política española: la falta de ideología, la ausencia de voluntad e ideas para dejar la superficie y bucear hasta el fondo de los problemas reales de las personas; el fin último de todo este circo. Discrepará conmigo de nuevo, seguro, aunque no piense que me olvido de la corrupción ni de la endogamia ni de la falta de democracia interna, que, en el fondo, son consecuencia de esa ausencia de ideales y, por tanto, de valores.

Del futuro. La situación político-social de Cataluña brinda la oportunidad estratégica de hablar de ideología. Sobre todo a los partidos moderados periféricos, incluido el canario, que abrazaron el nacionalismo para distinguirse, que usan la marca para identificarse como partido local que defiende los intereses de los nativos. Una oportunidad única para alejarse del movimiento independentista y reivindicar cercanía, comprensión de las circunstancias propias, capacidad de decisión y posibilidad cierta de poder presionar para conseguir más, más dinero de los Presupuestos Generales del Estado, se entiende. Parar a afilar la sierra, como recomienda Stephen Covey, renovar el mensaje.

Del cielo. Llueve, al fin, regalo de los Reyes Magos.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Apoquinamos todos

Creencias. Cierra antes de fin de año la última empresa que pagó los sueldos de sus empleados. Porque las retribuciones de los trabajadores van a cargo de los clientes que abonan aquello que venda. Manda el mercado en nuestro adulterado sistema capitalista. La discusión actual sobre el salario mínimo o la revisión de los convenios no tendría mucho sentido si atendemos a la realidad económica: págueme por lo que aporto a su negocio y si me parece poco ya buscaré a otro empresario que sepa ver y aproveche mis capacidades. Esto no ocurre, pensará usted, esa otra oportunidad no existe y, por tanto, conviene aferrarse al puesto de trabajo. Creencias difundidas por interés de parte, que los trabajadores somos sustituibles como si fuéramos piezas de un mecanismo o que nuestra dedicación no reporta nada a la empresa, que nos pagan como obligación legal o por deferencia. Piense a quién se beneficia la escasa autoestima del conjunto de trabajadores... No me haga hablar.

Expectativas. Los salarios no suben porque no funciona el mecanismo de la oferta y la demanda en el mercado laboral. Las empresas pagan convenio. Conquista, orgullo del gremio sindical, derechos adquiridos o llámelo cómo quiera. Y ahora le decimos a las empresas que paguen más a todos, a los que cumplen y a los que cumplen menos. El razonamiento presenta escasas fisuras: sorteada la crisis, vuelta a la senda de beneficios, más dinero disponible ergo pueden pagar más, ¡pague, no sea insolidario! La expectativa al alza en la recaudación del impuesto de sociedades anunciada por la Agencia Tributaria confirma este análisis.

Reparto. Que los empresarios paguen impuestos que ya papá Estado -y el resto de la estructura administrativa- se encarga de paliar las secuelas de los sueldos bajos. Las partidas de "carácter social" en los presupuestos públicos para 2018 reflejan esta realidad. No hizo falta que gobernara el populismo de izquierdas para conseguir un nuevo reparto de la riqueza, mire usted por dónde. Eso tiene la política y eso tienen los incentivos (las ayudas sociales lo son) que condicionan las conductas. Unos trabajan y ganan poco y otros no trabajan y lo mismo, pero con menos madrugar. Situación con la que nadie está conforme.

Distracción. No me mal interprete. No todas las ayudas sociales son iguales, es cierto, el cumplimiento de la Ley de la Dependencia acumula un retraso imperdonable, aunque me da que los tiros no van por ahí. Buscar solución a los problemas de la gente no está en la agenda política española de momento, entretenida en dar pábulo a las ansias de protagonismo de los implicados en la sedición, como si fuera un delito menor y la prisión provisional una mera inconveniencia. Un esperpento. Vuelven a ganar los independentistas, más evidencias del enorme poder de distracción. Más sopa y feliz Navidad.

Quiebra. Descubren con sorpresa que las pensiones de jubilación son de mayor cuantía que los sueldos que perciben los actuales cotizantes. Grandes titulares: ¡El sistema no se sostiene! Vaya. Qué preocupación. La salida pasa por subir los salarios, sentencian. Estupendo. Propuesto queda. Tales avezados analistas no entienden que en España no quiebra el sistema porque no es piramidal: la cotización consolida un derecho futuro a cobrar pero el dinero sale de los impuestos. Los puretas se lo montaron muy bien. Debemos entender la aportación a la caja de las pensiones como una tasa más. Nos inflan a impuestos, entre otras cosas para cumplir con ese derecho. Nadie propone bajar las pensiones, ni locos, aunque sería la solución: menos impuestos, más economía, etcétera, por solidaridad. Qué cosa, lo mismito que se pide a las empresas.

(Publicado en el periódico El Día el 23 de diciembre de 2017)

sábado, 9 de diciembre de 2017

No he hecho nada malo

Inquietante. Eso dijo Rajoy cuando le preguntaron si pensaba repetir como candidato a la presidencia del gobierno. Sus enemigos asintieron: no ha hecho nada malo ni nada bueno. Pero no voy por ahí. Me resulta inquietante la respuesta. Puede que sea suficiente un comportamiento irreprochable. En contraposición, estaremos de acuerdo en que haber hecho algo malo sí que inhabilita para el ejercicio de la política. Aunque cabría cuestionar si hay que ser buenísimo del todo o establecer cuánta maldad sería admisible, en su caso, si la conducta intachable se refiere a la esfera pública o también computa la privada, si el cálculo se ciñe al cumplimiento de los diez mandamientos, del código penal o de ambos. En concreto, dígame si usamos mi escala de valores o la suya.

Indignante. Los partidos de la nueva política -léase con sarcasmo-, que enarbolan todavía la bandera de la pulcritud y la regeneración, ya se olvidaron de defender el acceso a la vida pública de personas sin mácula: manda el "casting" y la fotogenia, ni siquiera la asamblea. Y no solo los nuevos partidos; aquello de alejar de las instituciones a los corruptos, delincuentes condenados, imputados o meros presuntos, ya no interesa, moda efímera. No basta con que el Tribunal Supremo haya citado, interrogado y mantenga entre rejas a los responsables de la farsa del 1 de octubre en Cataluña, para que sean apartados de la carrera electoral, ni por los suyos, que querrán aprovechar el "efecto mártir", ni denunciados por el resto de fuerzas políticas ante la opinión pública; pensarán que no han hecho nada malo aunque el Alto Tribunal sospeche lo contrario. La naturalidad con que los medios de comunicación y la ciudadanía dan por válida la candidatura del prófugo Puigdemont confirma que el "pacto anticorrupción" era otro eslogan.

Impresentable. Ese "No-he-hecho-nada-malo" podría pasar a la Historia como aquel mítico "¿Por qué no te callas?" del Émérito. Chascarrillos con la respuesta espontánea del presidente, cosas de Mariano, pero a mí no me hizo ninguna gracia. Acción y reacción que demuestran la consideración que les merece el ejercicio de la política a unos y a otros: bastaría con portarse bien, simplificando, que es gerundio. Además, que ese sea el argumento del líder del PP, investigado por múltiples corruptelas, es de coña, nos toman por lo que somos. Quizás me falte sentido del humor y asumir que a este país no se lo puede tomar uno en serio.

Inocente. Puede que yo esté equivocado y que esto vaya así, que según mi propia concepción calvinista de la vida le atribuya unas capacidades a la política que en realidad no tiene, que los hilos los mueve esa mano invisible y que, por tanto, qué más da aquello que proponga el candidato, el que sea, si es que finalmente se le ocurre algo. Buena persona, simpático, buen comunicador... Algunos ni eso.

Inaplazable. No querría llevarme la contraria tan de inmediato, disculpe, pero no entiendo la polémica con el concierto vasco y la reducción del cupo. La investidura de Rajoy o, si usted prefiere, haber evitado aquellas terceras elecciones, tenía un precio tasado que se abona ahora en cómodos plazos. Nacionalismos periféricos que son llave en Cortes, vaya, tan efectivo que se usa sin sopesar consecuencias. La democracia española joven y costumbrista, tanto que no sorprende la colaboración necesaria de Albert Rivera, ese que venía a cambiar las cosas para que sigan igual. En Canarias debemos ser más pragmáticos; tener partido local es un chollo pero hay que explicarlo mejor, ni tanto folclore ni tanto gofio ni las siete estrellas verdes: ¡por la pasta!


(Publicado en el periódico El Día el 9 de diciembre de 2017)

sábado, 25 de noviembre de 2017

La tribu

Discutir. No se deje engañar, ningún tiempo pasado fue mejor. Que hay problemas, injusticias y desgracias, de acuerdo, pero menos. Nuestra percepción no es de fiar. Fíjese lo que hemos avanzado en el respeto a las diferentes sensibilidades, en solidaridad o en participación. Que hay pérfidas intenciones de manipular, de adoctrinar e incluso sectarismo, tiene usted razón, el mundo no es bueno del todo, pero es mejor. Se acerca la Navidad y ya no vuelan paletillas de ibérico ni champán del caro ni bombones de licor para compensar no se sabía qué favores o prebendas. Que todavía habrá cierta connivencia, pecados por inacción o desenfoque, pues sí, seguro que algo queda, pero menos. Y como soy medio antiguo, echo de menos más beligerancia y predisposición al debate constructivo por el puro placer de discutir, afición que ha perdido adeptos por políticamente incorrecta; la piel fina, consecuencia de la evolución de la especie. En conjunto, disfrutemos del siglo XXI (espero que no tenga que tragarme mis palabras).

Manías. Don José frecuenta a diario el mismo carrito de la Rambla para el pan y el periódico; breve conversación intrascendente: qué tal, qué frío o qué calor, según el caso. Doña María hace la compra en el súper a diario; total, esa es la vida y cualquier excusa es buena para arreglarse y salir de casa, quizás hoy hay algo rico de oferta. Feliz rutina -esa que le espera a quienes anhelan la jubilación-, rutina urbana o ir a pescar. Hay muchos don Josés y doñas Marías en las Islas y en todos sitios, somos usted y yo en este instante o transcurrido el tiempo suficiente. Llega el día en el que don José se enreda con el cambio y no distingue las monedas de veinte de las de cincuenta céntimos. Y ese otro en el que doña María se lleva a casa dos kilos de col cerrada para el potaje porque está muy bien de precio, imagínese, ella que vive sola. No son manías de viejo, ni cosas de la edad, la verborrea tampoco ni la agresividad ni la desorientación. Que los actores del entorno habitual donde se mueven las personas mayores sean capaces de identificar los síntomas iniciales de algún tipo de demencia es uno de los objetivos del proyecto "barrio solidario" de AFATE.

Auxilio. Buenas ideas y mejores intenciones. Que habrá quien sostenga que dónde está el beneficio, que qué va a hacer el quiosquero que no sea procurar devolver el cambio correcto, pues claro, pero no haga caso, cualquier iniciativa -la que sea- genera siempre disidentes. Esto va de recuperar la conciencia de tribu, como grupo que comparte espacio común, un concepto distinto a la familia, que tantas veces no llega al día a día. Identificar para comprender ciertos comportamientos, recibir formación para facilitar el trato cotidiano y considerar la demencia como una circunstancia sobrevenida que es conveniente lidiar entre todos. "Barrio solidario" también para pedir auxilio, cuando la situación lo requiera. La iniciativa es la leche, altruista y solidaria, pero también egoísta porque ninguno estamos exentos de necesitar ese tipo de comprensión colectiva.

Cohesión. La tribu como resultado de ciertas acciones que mejoran las relaciones, personas alineadas en atender un problema cuya gestión contribuye al bienestar del conjunto, no es más, no mirar para otro lado, en definitiva. Imagine qué se podría conseguir en prevención del consumo de drogas o de la exclusión social. Estas reflexiones dan idea de la catástrofe de lo ocurrido estos años en Cataluña, dividida la sociedad, rota la convivencia: imposible hablar siquiera de nada de esto. Somos afortunados.

Tam-tam. El hechicero invocó la lluvia.

(Publicado en el periódico El Día el 25 de noviembre de 2017)

sábado, 11 de noviembre de 2017

Simbolismo culpable

Matraca. Buscar culpables o solucionar el problema. Ya sabe a qué me refiero. En el ámbito de la empresa, de la familia o de la vida pública siempre hay quienes se empecinan en descubrir, señalar y crucificar a los culpables. Un sistema que no funciona porque no resulta evidente el origen del conflicto cuando solo se analiza sus últimos efectos, consecuencia de decisiones y conductas de tiempo atrás. Con la matraca catalana están todos muy contentos con Junqueras en el talego y Puigdemont en Bruselas, lo que demuestra que no es tan importante la responsabilidad real de los causantes como disponer de chivo expiatorio.

Método. ¿Y el problema? Para el problema usamos el "método Rajoy", mire usted, sin prisas, que a nadie le importa. Ni siquiera tenemos un procedimiento fiable para detectar problemas ni mucho menos para remediarlos. Imposible solucionar algo que no sabemos qué es. Ni las evidencias ni los hechos ofrecen claridad. En este asunto de actualidad, ¿luchamos contra el adoctrinamiento, contra la corrupción (cohecho, clientelismo y condiciones excluyentes de acceso a la función pública) o contra la ingenuidad de millones de personas? Qué dilema. Y si fuéramos capaces de encontrar la madre de todos los males que afectan a esa sociedad, ¿cuál sería el tratamiento? Otra pregunta de difícil respuesta.

Horror. Unos riegan el pueblo de panfletos pro libertad para los presos del Govern y la oposición anónima y silenciosa en un par de horas los quita de circulación sin que se sepa cómo. Porque en la Cataluña de hoy hay conflicto, dos bandos enfrentados, pelea con sordina en una vida cotidiana politizada. En las noticias escuchamos lo de la ruptura de la convivencia pero no imaginamos de qué va: un horror, un constante andar de puntillas para no ofender, mirar a ambos los lados antes de verter cualquier opinión. Los catalanes nunca fueron muy de echarse unas risas pero, vaya, lo de ahora es todo muy serio y circunspecto. Como estoy obligado al optimismo, espero que alguno de los partidos proponga cómo enfrentar este asunto en su programa electoral para diciembre: todos hablarán de los culpables, veremos si alguno ataca el problema.

La queja. Lo del alquiler vacacional no es moda pasajera. Así se llama cuando un propietario alquila su piso o su casa por semanas o por días a alguien que quiere hacer turismo, no necesariamente en zona turística. Un fenómeno ligado al uso de internet y sus múltiples ventajas: la búsqueda de opciones disponibles, el contacto directo con el arrendador y la posibilidad de validar la elección mediante las opiniones vertidas por otros usuarios. La demanda de regulación (de restricción) es la defensa del interés de los otros operadores de ese mercado ante esta nueva competencia. Inquieta a los consumidores, que ven cómo sube el precio del alquiler de viviendas, imposible conseguir nada razonable en las mejores zonas. Patalean los vecinos de portal dadas las evidentes dificultades para conciliar la vida cotidiana con los horarios y hábitos (la juerga) de quienes están de vacaciones. Y se quejan los empresarios hoteleros, que pierden clientes a manos de competidores más baratos a los que la Administración no les exige (supuestamente) toda la reglamentación sectorial.

El fraude. Todos los afectados tienen motivos de preocupación y parte de razón. Pero no para solicitar la restricción, sino para evitar el fraude y/o las molestias del alquiler vacacional, actividad que también mueve la economía. Cada novedad trae enseñanzas: al consumidor, que no era tan malo, la vivienda en propiedad, y al hotelero, para que cuestione el valor del servicio que presta. Al vecino, paciencia y llamada a la policía local.

(Publicado en el periódico El Día el 11 de noviembre de 2017)

sábado, 28 de octubre de 2017

El tiro por la culata

Acción. Dos personas mayores, una pareja que pasea cogida del brazo, se acerca a un banco del parque.
-¿Te acuerdas, amor? -pregunta él.
Comienza un "flashback". Son los mismos personajes muchos años antes -los mismos actores con una sutil caracterización y mucho más entusiasmo vital-. Él con una cazadora, sentado en un extremo, y llega ella con un llamativo pañuelo en el pelo y un libro. Comparten banco y empieza una conversación intrascendente.
-¿Qué lees?
-A Pedro García Cabrera.
-A la mar fui a por naranjas... -suena "La vie en rose", cesa el diálogo, bailan, se aman, se casan-.
La escenografía es muy sencilla pero no hace falta más, se entiende a la perfección. Regresamos al presente, ambos sentados en su banco. Ella, absorta, pierde la mirada en el infinito. Él propone volver a casa, les espera su hija para cenar. Ella no reacciona. Él insiste. Ella sigue en su mundo.
-Levántate.
-No puedo -impotente, asustada, y él tira de ella, la pone en pie con dificultad-.
-Vamos que nos esperan, vamos -pero nada, ni un paso-.
La escena se pausa y él -derrotado- se dirige al público.
-No puedo más. Ya no es ella, no sé qué hacer, me dan ganas de mandarlo todo a...
Y en ese momento suena Edith Piaf de nuevo y se reinicia la acción.
-¿Te acuerdas, amor? -dice ella, con una sonrisa.
-Claro que sí -responde él-. Cuánto te quiero.
Mientras se alejan del brazo todos en el público lloramos.

Introducción. Me invitaron al Aula Magna de Guajara a las primeras Jornadas que organizaba Afate de "Sensibilización sobre el alzhéimer y otras demencias" en calidad de familiar. Un "Monólogo en primera persona" mediante el que compartir nuestra experiencia desde la aparición de la enfermedad hasta el momento actual. Fui preparado. Hablé sobre lo difícil de conseguir un diagnóstico cuando la persona afectada niega la enfermedad, sobre la frustración de las primeras etapas y cómo esta remite a medida que avanza el deterioro. Mencioné también los buenos momentos y cómo el entrenamiento cognitivo ralentiza el proceso inexorable. En casa afrontamos el problema con filosofía, como una circunstancia sobrevenida que debemos gestionar; la procesión sigue por dentro.

Emoción. Decía que me salió el tiro por la culata porque pensé que iba preparado, me aislé de las cuestiones emocionales y todo iba bien hasta que la representación -esa que relaté- puso las cosas en su sitio. Terrible. El sentimiento básico es el miedo. Escenificar situaciones reales permitió al equipo técnico de la asociación explicar qué pasa en cada caso desde todos los puntos de vista y dar pautas de conducta a familiares y cuidadores, consejos para tratar de manejarlas. Terriblemente didáctico.

Aprendizaje. Necesario para sobrellevar estas situaciones y también, y sobre todo, para que todos los implicados sigamos con nuestra vida con la mayor normalidad posible. La ayuda es imprescindible. Te lo tienen que contar porque no hay tiempo -ni resistencia- para la experiencia en carne propia. Debemos aprender a separar lo importante de lo trivial. Asumir que la persona afectada por la demencia lo está, que se trata de enfermedades degenerativas que solo evolucionan a peor, que no hay voluntariedad en sus comportamientos erráticos, cuando ocurren, que no importa que no se acuerde de cómo te llamas ni de quién eres, se mantendrá el vínculo afectivo, e incluso después, en las últimas fases, siempre tendrás la satisfacción que produce ayudar a quien uno quiere.

Lucha. No nos dejaremos vencer. La enfermedad todavía no lo ha tumbado, todavía quedan muchos momentos felices.


(Publicado en el periódico El Día el 28 de octubre de 2017)

sábado, 14 de octubre de 2017

No me lo creo

Liderazgo. Josep Borrell esta semana nos dio una lección de patriotismo y altísimo sentido de Estado. Nos hizo recordar cómo nos gustaba su perfil político cuando ganó las primarias del PSOE en el 98. Entonces, ni por esas, los hilos del poder de aquella época impidieron un presidente catalán que hubiera sido la bomba como hemos corroborado estos días. Después de aquello repitió el ínclito "Anzar", el de la foto de las Azores, y acto seguido Rodríguez Zapatero, un señor normal que pasaba por allí. Me fascina el liderazgo natural y los mecanismos del poder. Confieso que me gustaba ZP y su arrojo para plantear en la ONU una alianza de civilizaciones que tanta falta nos hace y con la que nadie se atreve. Por alguna razón indescifrada, el liderazgo no obedece a las sencillas reglas de la lógica. Nunca son los mejores. Requeriría un ensayo en toda regla para descifrar la clave: significarse en el momento justo, osadía, asumir el riesgo al fracaso, capacidad innata de medrar en el grupo o en la sociedad, o el efecto "to be" -ser y/o estar- del apasionante fenómeno Rajoy.

Fracaso. Estoy seguro de que Puigdemont contestará con evasivas el requerimiento del Consejo de Ministros, está en su naturaleza. Toda reacción a su declaración unilateral suspendida le viene al pelo, le permite mantener vivo el procés, que es, en definitiva, su objetivo. Sabe que la independencia en estos términos tan difusos conduce al precipicio. Pero algo falla. No me creo que el guión no incluya un último requiebro en la trama o la aparición de un nuevo personaje que provoque el desenlace. Algo hemos pasado por alto. Imposible semejante cataclismo en la sociedad española solo para esto. No me lo creo, habría que considerar estupidez suprema y menospreciar al adversario -quizás eso es lo que pretenden-. La actualidad demuestra que la independencia real de Cataluña, la organización administrativa que consigue que un estado lo sea, no se había planteado ni sobre el papel ni con las fuerzas del orden ni con las grandes corporaciones ni con la UE. Quizás el proyecto catalán de 2017 consiste en gestionar el fracaso.

Algo hay. Me niego a pensar que no subyace una sutil estrategia de largo plazo. Puede que hayan montado el lío para evitar que los Puyol sean procesados por corrupción y que les dé por tirar de la manta del 3%. Puede que sea una vuelta de tuerca más que los instigadores del nacionalismo excluyente consideran necesaria para ahondar en la fractura, para justificar el adoctrinamiento, esa forma de vida que les da trabajo y una razón de existir. No sé qué, pero algo hay.

Lo mismo. Este inmenso circo consigue empañar el resto de la actualidad, una gigantesca cortina de humo que deja en segundo plano las cuestiones básicas que afectan al bienestar de las personas. Quizás imaginamos ver fantasmas y solo juegan al despiste; enigma resuelto. Pues vaya. Y mientras se debate cómo meterle mano a los golpistas todo sigue igual, exactamente igual. Misma economía sumergida, misma presión fiscal, misma tasa de desempleo y mismos presupuestos generales del Estado para el año próximo; a quién le importa.

Dilema. Qué difícil la política. Y no me refiero a la intriga sino a la de verdad, a la de tomar decisiones e invertir pelas. Sopesar las posibilidades del presente y otear el futuro, qué nuevas ideas triunfan, cuáles fracasan y por qué. En las grandes ciudades se impone el vehículo compartido, los grandes inversores apuestan por el Hyperloop, el transporte en cápsulas en tubos de vacío... ¿Construimos más carreteras?, ¿el tren? Qué dilema.

(Publicado en el periódico El Día el 14 de octubre de 2017)