domingo, 20 de septiembre de 2020

Turismo y nueva normalidad

Tres normas. No era cómo imaginamos. Se trataba de hacer vida más o menos normal sujeta a ciertas restricciones para impedir la dispersión masiva del jodido virus. No nos enteramos. Afirmar que los españoles somos poco disciplinados no es del todo cierto: el confinamiento se aplicó con extraordinario compromiso. Pero quizás el entusiasmo y las ganas de verano impidieron estar atentos a las explicaciones de los expertos que hablaron de “nueva normalidad” pudiendo haber dicho “vuelta a la normalidad”. Bien sencillo cumplir tres normas de convivencia social: mascarilla, distancia y limpieza. Ni siquiera se propuso impedir el contagio a toda costa -que parece algo inevitable- sino proteger a las personas de riesgo y que la infección se produzca de forma escalonada para no colapsar los hospitales de nuevo.

Resignación. Y aquí estamos. Con el turismo a cero y todo lo que ello significa. En Canarias vamos derechitos a un colapso económico sin precedentes, a una catástrofe social de cientos de miles aferrados a un magro subsidio mientras la Unión Europea no nos deje tirados, que no lo hará, pero ¡vaya futuro!

Enfoque. Traer turistas claro. Aunque trabajar en la “seguridad sanitaria” del destino como reclamo presenta múltiples debilidades. Necesitamos indicadores que permitan objetivar cuan segura es Canarias, ratios respecto al número de contagios, de hospitalizados o de fallecidos que oscilan de un día para otro y que no reflejan la situación en los hoteles ni en las zonas turísticas sino en nuestras aglomeraciones urbanas que nada tienen que ver con la actividad que se pretende proteger. La apuesta por la seguridad y los PCR abre un frente diplomático necesario pero de final impredecible como se constata. Y además, sin tener en cuenta su fiabilidad -un problema conocido que subyace-, ¿cuál sería la finalidad de los PCR masivos?, ¿una cuarentena?

Control. Aceptar la nueva normalidad exige admitir también que no hay forma humana de escapar de la pandemia. Dejar de insistir en “seguridad sanitaria” -una entelequia imposible de demostrar- y apostar por “medidas de control” tan estrictas que permiten disfrutar de unas vacaciones en Canarias con mayor garantía que en casa en cualquiera de los países de origen. El esfuerzo en promoción sería mucho más eficaz si centráramos el mensaje en la altísima capacidad que tiene el sector turístico en Canarias para aplicar las medidas de control de la enfermedad. Y hacerlo, claro, que no depende de terceros sino de la voluntad propia. Imágenes de habitaciones que son desinfectadas a diario, distancia de seguridad entre las hamacas en los jardines para disfrutar del sol, entrada a la piscina por turnos (el cloro es un potente desinfectante universal), parcelas en las playas, separación de mesas en restaurantes y terrazas para pasar unos días inolvidables, sin ocio nocturno pero con actividad al aire libre, y todo el mundo con su mascarilla.

Respuesta. Y por supuesto que Canarias garantiza solucionar cualquier incidencia, por supuesto, igual que a los residentes y, si se quiere, con más mimo: ¿que a usted amado turista le dan unas décimas de fiebre?, pues se activa el protocolo, llamada a los servicios médicos, PCR, confinamiento preventivo y cuarentena si fuera necesaria, que para eso están los seguros que la propia Consejería de Turismo contrató con muy atinado criterio. Una cuarentena de las mil y una noches, mucho mejor que en su oscuro y húmedo apartamento de Londres. Y un tratamiento hospitalario de primer orden si se da el caso que los síntomas se agravan. Medidas de control, hacer la vida confortable y actuar con diligencia en caso de necesidad, cuestiones que no están sujetas a la irresponsabilidad de cuatro descerebrados.


(Maquinita para desinfectar, por si alguien tiene dudas)





lunes, 7 de septiembre de 2020

Internet vence al sistema educativo


Reto. Cada cual emplea el tiempo de sus vacaciones a lo que le apetece dentro de sus posibilidades. Mi padre las dedicaba a la pesca de caña desde el muellito de La Ballena, en Ten-Bel, dos aficiones en una: método y paciencia para preparar el aparejo y la carnada, y después más paciencia para alimentar peces, uno a uno, con boya y sedal. A mí me gusta leer en vacaciones. Preferiría viajar pero el verano es mala época. Además de devorar las novedades aclamadas por la crítica -que generalmente aciertan- me impongo enfrentar un clásico: “El Quijote”, en La Gomera, hace tiempo ya, un verano para cada parte, Dostoievski, Joyce, Galdós, Dumas, Quevedo o “Las mil y una noches”, verdaderamente fascinante. Este año atípico no he tenido vacaciones y no he cumplido mi reto. Solo lectura frugal de fin de semana y más bien poca.

Consuelo. Un pésimo post este que no cumple con los cánones de internet que exige el tema principal en las primeras frases, palabras clave, reiteración. No ya para conseguir la atención del lector -un premio inalcanzable para la inmensa mayoría de los textos- sino para que sea indexado por los buscadores. Esa última afirmación no me la creo: te encuentran si pagas, un modelo de negocio que está bien claro. Con mucha suerte, a unas decenas de internautas les llegará el enlace y alguno curioseará antes de seguir navegando en el océano de estímulos que inunda su dispositivo a la velocidad de la luz. “Pablo con perogrulladas sobre las vacaciones...” pensará quien me conozca si conseguí acertar con un título provocador, interés efímero por sobreexposición que tampoco consuela. La prensa muere por empacho de su consumidor objetivo y falta de rigor, sostengo, enfermedad causada por déficit de ingresos y exceso de oferta, aunque ese es otro tema.

Inversión. Explicaba que dedico las vacaciones a leer. Un proceso complejo que requiere que alguien tenga algo que contar y que lo escriba de manera ordenada, otro que detecte que esa historia vale la pena, que certifique que está bien escrita y que la publique, en su caso, y un tercero que invierta parte de su cruel existencia a leerlo, acción que implica cierta dedicación exclusiva. Entendemos muy pronto -gracias a nuestro eficaz sistema educativo- que leer nunca es pérdida de tiempo, que ordena el pensamiento y que ayuda a adquirir una idea distinta del mundo y de las personas, realidad o ficción, vistas y explicadas desde diferentes ángulos. Vale, no es cierto, tal importancia no es de dominio público. Otro gallo cantaría si la gente dedicara a leer novelas la mitad del tiempo que malgastamos en mirar bobadas en internet. Y me incluyo.

Confianza. Quien escribe aspira a tener lectores. Yo también y hago mal, porque ser leído es consecuencia de escribir bien algo interesante o que toque fibra. El propósito en su sitio, nunca en terreno propio. Y como hay tantísimo nos dejamos recomendar por un prescriptor que comparte, comparte como examen de confianza. El editor de un medio elige quién publica y qué publica, y con esa decisión fija la línea editorial que pretende vender a sus potenciales clientes.

Justicia. Democracia imperfecta internet que prescinde del editor y presenta al debate la pluma frente a la mandarria, reflexiones entulladas bajo toneladas de exabruptos, expuestas y comparadas como si una orquesta sinfónica fuera equiparable a un pito de murga. En Canarias reivindicamos a grandes periodistas de antes como García Ramos pero permitimos el ataque furibundo a Santiago Gil y tantos otros escritores vilipendiados por quienes no se detienen siquiera a leer cualquiera de sus escritos. Imperdonable.


domingo, 30 de agosto de 2020

Tropezar con la misma piedra


Añoranza. Es habitual que quien tuvo éxito en los negocios repita la fórmula empleada hasta que la realidad del mercado lo saca a patadas de la brega. Replicar el modelo a toda costa, apostar el dinero ganado en un doble o nada que acaba en drama. Haber estado en lo más alto deja secuelas personales y en la empresa. No es reproche, mera observación. Y ejemplos un montón. En el mundo de los negocios la demanda evoluciona, interviene nueva tecnología y nuevos hábitos sociales, la demanda se transforma, de forma sutil o con violencia cuando llega una crisis. Sobreviven y crecen los que toman decisiones acordes a las nuevas circunstancias para adaptar la oferta, quienes comprenden el mecanismo evolutivo de oferta/demanda, se anticipan y no añoran tiempos pasados.

Respeto. Que conste que profeso un máximo respeto hacia los empresarios, he dedicado muchos años de mi vida a ayudarlos como directivo y yo mismo me he jugado mis ahorros en un par de proyectos empresariales que no cuajaron. Admiración hasta el punto de escribir un libro, “Ser empresario. Nuevos modelos de conducta empresarial” (Editorial Ra-Ma, 2010), un manual en toda regla en el que explico las claves para transitar ese camino con el que pretendo, además, desactivar a tanto emprendedor que se toma esta vocación con ligereza.

Insensatez. Es comprensible que, en la inesperada y dramática situación actual con tantas empresas cerradas por la pandemia, muchos empresarios no entiendan las declaraciones de un experto profesor universitario cuando expone públicamente las conclusiones de sus investigaciones, que no llegan por inspiración divina, sino fruto de la observación y el análisis. A David Padrón, doctor en economía por Universidad de La Laguna, le cayó la del pulpo por afirmar que quizás habría que plantear para 2030 un escenario con un 30% menos de turistas. ¡Insensato! -exclaman desde el sector-, como poco, y es que ahora, en estos momentos de la nada más absoluta, cualquier turista, uno cualquiera al menos, sería bienvenido, mimado y besado con amor fraternal si la prudencia sanitaria no lo prohibiera expresamente. “No hables de futuro, es una ilusión”, cantaba Loquillo. Hoteleros aterrados con razón, una inmensa mayoría de la sociedad isleña aterrada con la que se nos viene encima y cuatro irresponsables que se toman a chufla las medidas de contención, por cierto.

Análisis. Puede que David Padrón se quedara corto, tendría que haber planteado una meta más lejana, 2040 por ejemplo, para que su reflexión bienintencionada fuera acogida con menos hostilidad. Cuestiona el incremento de record experimentado durante los últimos años en el número de turistas: más gente, más aviones, más de todo y no necesariamente más beneficios derivados de la propia actividad. En cualquier caso, tal afirmación, la conveniencia de que el turismo consiga igual (o mayor) riqueza con un menor número de visitantes, es lo que es y las cosas son como son. Ni el gobierno podría ni querría limitar los millones de turistas que vengan cada año ni los empresarios van a rechazar clientes. El modelo económico ni se diseña ni se implanta ni se cambia cuando a alguien se le antoje conveniente. Las normas -que emanan de las directivas europeas- regulan cómo y la política fiscal que pretende condicionar las decisiones empresariales.

Ocurrencias. Resulta necesario que haya quien analice con método qué pasa en determinado sistema económico, cómo funcionan sus interacciones, que compare qué ha ocurrido en otros territorios y por qué, qué decisiones tomaron y qué ocurrió, qué políticas públicas se pueden implantar y qué consecuencias tendrían, en su caso. Y que lo cuente, claro. La tentación de improvisar por desesperación es muy poderosa.

sábado, 22 de agosto de 2020

Todas las mentiras aspiran a ser verdades


Reputación. Con los últimos artículos de mi padre me pasa igual que con el Ulises de Joyce. Me entenderá quien se haya enfrentado a la archiconocida e inexpugnable obra del escritor irlandés. No por su estilo sino porque el autor no se preocupa por describir o contextualizar los lugares o los personajes del Dublín de la época, como si la hubiera escrito para sí mismo. Mi padre, de memoria prodigiosa y observador de su tiempo, no fue muy prolífico en el ensayo aunque practicó con generosidad el género epistolar con una prosa elaborada, meticulosa e inteligente. Citaba con devoción a Torrente Ballester cuando sentenció aquello de que la reputación de la verdad es tan pura que todas las mentiras aspiran a ser verdades.

Remordimiento. Me decía Julio, estimado amigo, desde la perspectiva de haber vivido algunos años más que yo, que el gran problema de las mentiras no es que se descubran sino que uno sea capaz de llevar esa carga consigo mismo. Una enseñanza que mantengo presente, mentir no es uno de mis múltiples defectos. Pasado el tiempo constato, sin embargo, que esa máxima le importa bien poco a determinadas personas con las que te tropiezas en este mundo cruel, que mienten y no sufren. Remordimiento cero, encuentran justificación de todos los colores y se manejan estupendamente en un ecosistema de mentiras y medias verdades, expertos en usarlas en beneficio propio.

Consecuencias. Mentiras que atacan a la reputación ajena sin pudor, que enturbian las relaciones sociales y que retrasan la resolución de los problemas. Mentiras a partir de las cuales otras personas condicionan su conducta y toman decisiones, mentiras que abusan de la buena fe, que persiguen un fin -no siempre evidente- sin importar el campo que arrasan a su paso. Y también las mentiras de dominio público que nadie se atreve a refutar por miedo a las mentiras, precisamente, porque se aprende rápido que mentir es un no parar y el miedo a más mentiras, bien fundado, nos condiciona a ser prudentes para evitar que nos salpiquen o nos empapen, esas u otras mentiras.

Lírica. La discusión esta semana versó sobre cómo debíamos calificar determinados hechos, si se trata de mentiras intolerables y éticamente reprochables que habría que destapar con valentía o si nos encontramos ante medias verdades cuya existencia resulta admisible, incluso deseable, por el bien que reportan, real o presuntamente. El análisis de los grises siempre deriva en un dilema irresoluble porque cada individuo transita por este planeta con su propia escala de valores. Podemos estar de acuerdo en que las ‘mentirijillas piadosas’ ayudan en la convivencia y están socialmente aceptadas, y la mayoría coincidiremos en evitar las ‘verdades gratuitas’ frente a un comedido silencio por idéntico razonamiento. ¿Se puede estar un poco muerto? Desde un enfoque poético, sí, claro, “vivo sin vivir en mí...”, respecto al estado fisiológico hay mayor consenso. ¿La verdad admite interpretación? Y tanto, c’est la vie.

Hermenéutica. Tan arraigado está mentir que hasta las injurias y las calumnias leves -atentar contra el prestigio personal o atribuir hechos falsos- están despenalizadas de facto en la aplicación del código penal. Tan habitual que hemos desarrollado inmunidad social, tan presente que toda verdad goza de presunción de falsedad. En la política con promesas irrealizables y por miedo a asumir las consecuencias impredecibles de destapar determinadas verdades incómodas que se descubren en el ejercicio del gobierno. En el mundo laboral por miedo al despido, a que te endosen la responsabilidad o a perder tu status quo. Conclusiones confieso que me resultan molestas. Y entiendo suicida esa cruzada. Sin embargo, sí que sería un propósito válido tratar mitigar sus implicaciones.


domingo, 9 de agosto de 2020

Heredar el problema político

Heredar. En sentido figurado, se entiende, que cuando hay un cambio de color político los que salen no mueren. Llorar sí lloran, pero morir no, sería una macabra casualidad. Tampoco podríamos darle carácter de bien patrimonial a determinado problema que afecta a la gente y, por tanto, tampoco resultaría posible enajenarlo, hipotecarlo o dejarlo en herencia, ni en legítima ni de libre disposición. En cualquier caso, por contradictorio que pueda parecer, cuando los problemas se enquistan -por inacción y/o incapacidad-, se heredan a beneficio de inventario.

Sorpresa. Si se repite en el cargo ahí están, viejos amigos. Cuando el regalo es de los tuyos, ajo y agua, con mucha cautela quizás consigas meterles mano, pero calladito no vaya a ser que salpique. La situación se complica cuando los problemas los heredas de tu adversario político ancestral que llevaba mil años y tiene las gavetas repletas de asuntos. Y se complica más cuando te das cuenta de que el trance precisó también de colaboradores necesarios entre el propio personal al servicio público y no siempre por falta de ganas sino por alguna otra causa que también hay que investigar. No se pueden publicar la lista en la web de transparencia porque aparecen poco a poco, el nuevo no conoce su magnitud y existe riesgo cierto de que tal información pública les implique.

Vaya marrón. “Nosotros no hemos llegado hasta aquí para enmendar lo que hizo la corporación anterior”, me contaba un concejal recién investido unas semanas después de haber desalojado a sus predecesores, inquilinos de renta antigua, por cierto. Un precioso gesto de nobleza que refleja su calidad humana, dicho sin ironía alguna. Político de casta sin vocación de policía judicial ni de inspector del tribunal de cuentas, lo entiendo y lo comparto. Y la cara que se le quedó después cuando afloraron cuestiones que no admiten más patada pa’lante, cuando ya no caben más dilaciones y toca enfrentar ese lo que sea que cuesta dinero, desenmascara intereses particulares y no admite una solución que satisfaga a todas las partes, que precisamente por eso quedó pospuesto sine die. Miedo a la reacción de los damnificados, claro, aunque prevalezca el interés general.

Riesgo. Si uno no acepta un regalo, ¿de quién es el regalo? -preguntaba Buda-, ¿de quién pretende entregar el obsequio o de la persona que se niega a cogerlo? Una enseñanza que sirve para protegernos cuando alguien nos insulta o nos critica: no lo aceptes que no es tuyo, que te resbale. En política conviene tener presente este principio budista para los ataques verbales pero no es aplicable a las cuestiones que afectan a la ciudadanía. Y surge el dilema. Tratar de resolver un conflicto enquistado tiene un coste personal muy alto y hay que estar dispuesto a pagarlo. Puede acabar con la carrera política del osado y/o afectar a su futuro profesional. Y no exagero. Tremendo dilema porque la opinión pública, si es que existe, el ciudadano de a pie, para entendernos, no sabe de dónde sale determinado conflicto ni quiénes son los culpables ni quiénes tienen razón ni quiénes sufren abuso, en su caso.

Un ejemplo. La pesca recreativa es la afición de miles de canarios, decenas de miles, un hobby saludable y muy absorbente, mi padre dedicaba sus vacaciones a la pesca de caña desde el muellito en Ten-Bel, formaba parte del paisaje estival. Entre una inmensa mayoría de aficionados respetuosos con la práctica deportiva pululan los furtivos que capturan y comercializan sin control, esquilman e incumplen la seguridad alimentaria. Un problemón histórico que ahí está y a ver quién es el valiente que intenta poner orden.

domingo, 2 de agosto de 2020

Quién habla de fin del modelo

Desengaño. El desarrollo del turismo en Canarias no obedece a la implantación de un modelo. Nadie elaboró un plan en 1960 que expusiera las razones que justificaran la urbanización de millones de metros cuadrados de costa ni la construcción de cientos de hoteles ni de miles de apartamentos. Y si alguien lo hubiera hecho nadie le habría hecho caso. No, no hay modelo. Hay una actividad económica que ha salido razonablemente bien. Y toda actividad económica, su esencia, se sustenta en una idea competitiva y en una inversión de capital, no hay más. Si se gana dinero, es decir, si esa inversión es retribuida con generosidad, como es el caso, habrá más inversión y más actividad, mecanismo que funciona por sí solo hasta el infinito, hasta que colapsa, que así de estúpida es la ambición humana. Por eso conviene regular los sectores muy boyantes, para paliar ese fenómeno autodestructivo, proteger a los jugadores que apostaron primero y no agotar los recursos.

Interconexión. El turismo triunfa en Canarias porque en Europa llueve y hace frío. Y por otro montón de cosas, claro. La propia dinámica innovación/competencia/inversión hace sostenible esta fuente de riqueza. Una potente maquinaria que no solo nos atañe como destino sino que también involucra a nuestros visitantes -para quienes unas vacaciones son algo muy importante- y a las aerolíneas y a los fabricantes de aviones, y a los restaurantes, a los pescadores y los viticultores, y así, un suma y sigue de elementos interconectados.

Seguir vivos. No es frecuente que un sector económico pare en seco. Ocurre en una guerra, aunque en tal caso toda la economía se ve comprometida o como consecuencia de una impredecible desgracia natural, un terremoto, un huracán o una erupción volcánica, con similares consecuencias. La posibilidad de una guerra nos queda lejos, en eso hemos avanzado. A los fenómenos extremos siempre estaremos expuestos que tocarán cuando toquen. Pero tenemos una pandemia. Y el sector turístico se detiene por lógica aristotélica, por no ayudar a propagar aquello que estamos obligados a erradicar. Porque hay muertos, muchos, una desgracia, un horror. Nos enfrentamos a una situación complicada, muy complicada, pero solo quienes seguimos vivos.

Oportunidad. Sigo optimista, sostengo lo que escribí en mayo: y si nuestra condición de islas ofrece una ventaja relevante para gestionar situaciones de pandemia... Ese debe ser nuestro empeño, ser estrictos para contener la transmisión y disponer de los recursos en caso de. Con un fin: para que vuelvan los turistas. Sí claro, cuanto antes, y que vengan muchos, cuantos más mejor, y es que la inversión está hecha, los hoteles están preparados y las playas limpias. Y detrás esos cientos de miles de trabajadores pendientes de su porvenir, sustentados por los ERTEs -¿hasta cuándo?- y temblando con las noticias del próximo telediario. Su futuro y el nuestro depende de lo que hagamos, de nuestra propia conducta responsable aquí y de lo que hagan esas personas prototuristas en sus propios países. Porque desesperados estamos todos.

Reinventarme. En las distopías apocalípticas de las series de Netflix ocurren estás cosas. Y quién dice que no podría pasar que el turismo llegue a su fin por sanitariamente inseguro o por la quiebra masiva de los operadores... Los grandes cruceros convertidos en bloques de apartamentos flotantes para cubrir la demanda de vivienda de los miles de trabajadores desplazados por los despidos, hoteles reconvertidos en residencias para mayores y las gallinas que ponían los huevos del bufet libre que sirven de alimento a los cocodrilos del zoológico que ya nadie visita. Cuando abandone este género me atreveré con un guion, una mejor manera de ganarme la vida.

domingo, 12 de julio de 2020

Todo vale, qué pena

Escrúpulos. El futuro de Santa Cruz en manos de una concejala tránsfuga no adscrita. Vaya. A CC ya le vale, escrúpulos los justos porque el fin justifica los medios o eso nos hacen creer. Al PP también, total, “from lost to the river” -de perdidos al río-. Y la susodicha que ve cumplida su venganza, quiero decir, que verá cumplidos sus sueños, aquellos que sean y que jamás de los jamases trascenderán en público. Desde el punto de vista político esta moción de censura no tiene un pase. Evelyn Alonso ejerció activamente la oposición al régimen anterior de CC+PP en el último mandato, su partido, Ciudadanos, incluye no pactar con nacionalistas en su ADN fundacional y la incómoda promesa electoral de regenerar la vida política. Promesas electorales, vaya.

Filantropía. En cualquier caso me resisto a observar este fenómeno con resignación. Desde un punto de vista pragmático este cambio de gobierno en Santa Cruz, el encaje de la concejala no adscrita -huérfana de partido político, para entendernos- en el equipo de gobierno, muestra preocupantes fisuras. La primera es que no recibirá salario por su trabajo, dada su condición de tránsfuga, por su dedicación, la que sea, al muy noble e invicto pueblo santacrucero, loable, generoso, entendible y justificable si se tratara de una rica heredera o una exitosa empresaria que ejerciera la filantropía, pero no es el caso, vivirá del trabajo de su marido, según dicen, ah, pues vale: una tara de este siglo XXI que no acaba de desprenderse del machismo natural que subyace en tal peregrina justificación.

Vivir. Contaba mi padre una historia de mi abuelo, director del periódico La Tarde que tenía cierta influencia en el Santa Cruz de aquella época. Como, en determinada ocasión, cuando todavía el ejercicio de la política no era una actividad remunerada, un conocido suyo le pide el apoyo para intentar ser concejal. Mi abuelo lo escucha y un tanto escéptico le pregunta por qué quiere meterse en ese fregado si además no se cobraba por ello. “Ellos viven, don Víctor, ellos viven” recibió por respuesta. Varias décadas después, la policía judicial corroboró la afirmación de ese buen señor al demostrar como Miguel Zerolo, que sí que cobraba por ser edil, no tocó durante años la cuenta donde ingresaban su salario. Y vivía y bastante bien.

Malabares. Segunda fisura: cómo el equipo entrante podrá, en su caso, asignar alguna función de gobierno a su nueva socia. Con un decreto, de acuerdo, esa parte sí, puede hacerlo en el ejercicio de las atribuciones del alcalde-presidente. Me refiero a cómo se concreta ese nombramiento en un cargo con algún poder ejecutivo que le requiera ir a unas oficinas municipales, asumir determinadas competencias, firmar o tener un equipo de funcionarios a su cargo. Porque si no cobra por su condición de tránsfuga, que eso sí que parece que está claro, ¿cómo se tramita su alta en la Seguridad Social?, ¿con qué base de cotización?, ¿con la que le correspondería según su sueldo teórico? Eso quiere decir que aunque no cobre el sueldo ¿sí que cotizaría para el paro o su futura jubilación? Entonces, recibiría remuneración indirectamente, pues no entiendo. Sin contrato y sin alta no debería poder trabajar para el ayuntamiento, no cumpliría con la legislación laboral ni la prevención de riesgos laborales.

A la bajadita. Inútil intento de desactivar la moción de censura mediante la aplicación desesperada y a última hora del ventilador a “las cosillas” acumuladas debajo de la alfombra durante cuarenta años. Un año mirando papeles sí que servirá para ejercer la oposición enfocada hasta que llegue el momento procesal oportuno. Antes no.




domingo, 5 de julio de 2020

Emmasa otra vez

Gestión. Ya en 2013 el gobierno municipal de CC en el ayuntamiento de Santa Cruz propuso una auditoría de gestión en Emmasa, la empresa mixta que gestiona el suministro de agua, alcantarillado y depuración. Una 'auditoría de gestión' difiere de una 'auditoría de cuentas' a la que cualquier empresa de determinado tamaño está obligada por ley. En la de cuentas se verifica que la contabilidad registrada en los libros corresponde a la actividad real de la empresa y que tal registro cumple con las normas contables, no entra a evaluar cómo se desarrolla el negocio sino solo verifica que su reflejo está contabilizado correctamente. La auditoría de gestión, sin embargo, pretende analizar cómo trabaja la empresa y si cumple realmente sus compromisos con clientes y proveedores, y el resto de normativa vigente.

Reglas. En el caso de Emmasa, cuya actividad se rige por un contrato adjudicado a Sacyr y sujeto a la Ley de Contratos del Sector Público, la auditoría de gestión debió comprobar además la ejecución estricta de todo aquello que recogen los pliegos de condiciones que regulan esa licitación pública. Ese chequeo exhaustivo debe referirse a la ejecución de cuestiones técnicas respecto a cómo debe prestarse ese servicio público esencial y respecto a sus implicaciones económicas -ingresos y gastos- que derivan de esas prestaciones. En los contratos públicos todo está atado de antemano, no caben interpretaciones de parte ni la introducción de nuevas reglas del juego sin un procedimiento que precisa de una validación legal por parte de los servicios jurídicos del poder adjudicador, el propio ayuntamiento de Santa Cruz, en este caso.

Quejas. Quise entender que esa auditoría de gestión fue contratada a un equipo de profesionales independientes en aquellas fechas aunque nunca trascendieron públicamente las conclusiones del ejercicio de transparencia. En aquella época la oposición en el consistorio habló de irregularidades detectadas en la subcontratación de determinados trabajos a una empresa del propio grupo Sacyr que incumplía lo previsto en los pliegos y que supuestamente fueron sancionadas, aunque -se quejaban airadamente- parece ser que desde la concejalía nacionalista hubo muy poco interés a la hora de reclamar los importes de esas sanciones. Las comportamientos permisivos en la necesaria fiscalización de los servicios públicos, por voluntad política o por falta de medios técnicos, producen un grave quebranto a las administraciones públicas y, por ende, a los ciudadanos que pagamos la fiesta.

Revisión de oficio. Por las últimas noticias publicadas estos días podemos deducir que en Emmasa había otras irregularidades que no se detectaron entonces o que no habían aflorado hasta ahora. Los incumplimientos no prescriben, los contratos públicos pueden ser fiscalizados en cualquier momento por el órgano de contratación, que debe solicitar la compensación por los servicios abonados y no prestados, en su caso, o incluso iniciar la resolución del contrato si detectara graves incumplimientos.

Responsabilidades. La tarea de un nuevo equipo de gobierno -en Santa Cruz entró PSOE y Cs en sustitución de CC y PP- no consiste en perseguir para destruir lo que hicieron sus predecesores. Ahora bien, hacer cumplir los contratos suscritos por el ayuntamiento sí que es una obligación ineludible. Que del ejercicio de esa obligación deriven otras cuestiones que trascienden la mera acción política de garantizar la prestación de servicios se encargan otros estamentos de nuestro Estado de derecho. Con Santa Cruz tienen trabajo. Ya nos enteraremos cómo acaba esto de la empresa mixta de aguas y también de la adjudicación por parte de CC-PP durante la anterior legislatura, precisamente a Sacyr, ¡vaya casualidad!, del contrato de recogida de residuos y limpieza viaria, con el dictamen en contra de los ingenieros municipales.

domingo, 28 de junio de 2020

La tentación del lado oscuro

Moción de censura. Instrumento de la democracia que se usa y punto, nada que objetar, a llorar a casa. Como enmienda a la acción política que ejerce quien gobierna o como mero “quítate tú para ponerme yo”, qué más da. Como no hubo promesas electorales en firme respecto a los posibles o deseables pactos, en su caso, ni contrato ideológico ni de ninguna otra clase con el votante, nos movemos en el terreno de la conducta individual del cargo electo, de cada cual. Estéril ejercicio el análisis político de la situación en Santa Cruz que nada tiene que ver con un ilusionante programa de gobierno, nuevas ideas arrolladoras para el bien común o un cargamento de panes bajo el brazo.

Tentación. Habría que preguntarle a Evelyn Alonso por su condición social-liberal y su posicionamiento respecto al pragmatismo de Luis Garicano, ideólogo de Ciudadanos, y si piensa intentar aplicar sus aportaciones a la gestión del consistorio capitalino. "Pamplinas, Zurita, ¿pero qué dices?". La decisión de pactar con CC y PP obedece a razones desconocidas, de momento, y que con total seguridad nada tienen que ver con el “qué” sino con el “quién” y probablemente (presuntamente) con el “cuánto”. Cuánto poder o cesión de competencias haya pactado para sí, no necesariamente muchas, sino estratégicas, para su estrategia de ella, se entiende. El protagonismo absoluto, incontestable reina de la fiesta, aunque tal condición ya no sé si suma o si resta. También da igual. No te lo pierdas, el desenlace final lo tendremos en nada, en todas las pantallas.

Esperanza.
Ciudadanos, en fin. Qué pena. Con lo difícil de explicar que son las tesis liberales y lo necesarias que resultan para la política y la sociedad en su justa dosis, para aportar equilibrio a la fuerza. Fracaso total de Rivera -cuando el electorado se escoró al centro- que no estuvo a la altura y estrepitoso en Canarias con un casting que solo ambicionó subirse a la ola sin saber cómo. Después de la vehemente desautorización a Zambudio y Lazcano en la investidura de Hernández, se supone que Alonso cumple ahora con la voluntad del partido. Pero no, parece que tampoco, que no era tan mala idea alejar a CC del mando en las instituciones, y el portavoz oficial muestra su disconformidad: donde dije digo digo Diego, igual da. Bien sabe que nadie le escucha. La pirueta de la intrépida Evelyn acaba con cualquier esperanza de continuidad del partido naranja si es que a estas alturas todavía quedaba alguna.

La red. Sacar a CC- ATI de la alcaldía de Santa Cruz después de toda una vida. Epopeya casi imposible -ilusión efímera, como vemos- de importancia capital para levantar alfombras, abrir ventanas y oxigenar la gestión municipal. Luchar contra la red clientelar tejida con paciencia infinita y los presupuestos públicos reviste especial complejidad porque los beneficiarios luchan con denuedo por mantener su estatus y los opositores encuentran una tibia respuesta en quienes prefieren alejarse de cualquier conflicto, que son la mayoría. No me atrevería a sugerir supuestos ilícitos, hablo de airear, de darle otra vuelta y plantear otra forma de afrontar los problemas que surgen de la convivencia urbana, la prestación de servicios y la mejora continua a la que debe someterse el espacio público que compartimos; problemas de política municipal.

Heteropatriarcado. Sostengo que bastaría con que cualquiera de los partidos con implantación nacional, cualquiera, presentara a una señora con carácter y solvencia intelectual como candidata a la presidencia del gobierno para arrasar en las elecciones generales. Mola tener alcaldesa, fugaz también, una insolencia que la otra red -la del patriarcado rancio- no puede permitir.

domingo, 21 de junio de 2020

El punto de partida y las verdades incómodas

La venda. Tratar de resolver cualquier problema sin atacar su origen es un esfuerzo vano que conduce a la melancolía. Y si el problema es de índole pública tal misión parcial se convierte en un ejercicio de demagogia política de efectos perversos. Ejemplos de todas clases en la legislación autonómica, en la española y en la europea llena de buenas intenciones para poner la venda sin curar la herida. Fallan en su concepción y falla también la técnica legislativa para intentar encajar lo que no encaja. Entonces cada nueva mayoría en el Congreso promueve nuevas leyes, sin bajar al fondo de la cuestión, la que sea. Porque hay verdades incómodas, que se saben o no, que se descubren o no, pero que la prudencia exige silenciar.

La tara. Paradigmático el anuncio de la Ley de Tiempo Corresponsable lanzado esta semana en plan globo sonda. No puedo estar más de acuerdo en visibilizar esta tara de la sociedad española: el problema de la igualdad, que sigue ahí, enquistado. Y no, no es cuestión divina ni genética. Entre la gente de mayor poder económico la corresponsabilidad de los cuidados domésticos es proporcional a lo que aporten a la cuenta común desde la que se paga el sueldo del empleado del hogar. Para el resto de mortales los cuidados domésticos se reparten según cada particular equilibrio de pareja, acuerdo familiar o la aceptación (resignación) de los roles aprendidos en casa de los padres y de los abuelos. Y quien vive solo se busca la vida como le da la gana.

El sesgo. Inquietante que la conclusión sea que mediante una aportación pública se va a poder compensar el sobreesfuerzo que hacen y han hecho históricamente la inmensa mayoría de las mujeres de este país dentro de casa. Pretenden entrar a regular el espacio privado con dinero. Y no, esta lacra no se resuelve con dinero, eso sería demasiado fácil. La igualdad transita por un camino tortuoso que requiere tiempo, exige demoler unas costumbres ancestrales grabadas a fuego, eliminar el azul y el rosa, la muñeca y el balón, papá trabaja y mamá se queda en casa. Hemos mejorado y todavía queda camino por recorrer. Hay que dar ejemplo y no pasar una. Sin ocultar que el machismo formaba (forma) parte de nuestra cultura y que aun campa a sus anchas.

El gremio. Falta la verdad incómoda. Y es que para solucionar definitivamente los problemas de conciliación y de cuidados domésticos hay que abordar los horarios laborales y el calendario escolar, cuestiones cruciales para el funcionamiento de la sociedad y que están entrelazadas. Respecto a la primera, la posibilidad de teletrabajo demuestra que el presentismo era otra tara contra la que se puede luchar. Sin embargo, respecto a la segunda, resulta mucho más fácil meter dinero en ese “a ver qué pasa” incluido en esa nueva ley para una compensación indefinida que lidiar con un gremio de cientos de miles de empleados públicos y de empresas privadas que reaccionarán con escepticismo o puro enfrentamiento ante cualquier modificación de sus condiciones de trabajo. Ahí es dónde habría que poner la pasta, en su caso.

La clave.
Piensa en los cismas sociales que se han resuelto bien, la difícil convivencia entre vecinos, por ejemplo, con la ley de propiedad horizontal, un oráculo de sentido común. Y otros tantos que no hay forma de arreglar, que provocan tensiones, inconformidad y conflicto, todos con idéntico diagnóstico: no se ataca el origen para evitar enfrentar esa verdad incómoda... leyes del suelo, la reforma laboral o los abusos con los precios en la cadena alimentaria. Valentía política, vaya mal trago.

domingo, 7 de junio de 2020

La gallinita dijo Eureka


Por qué. Magistral Les Luthiers, pura filosofía: ¿por qué la gallinita dijo Eureka?, ¿por qué estaba tan contenta?, ¿por qué la rosa florece?, ¿por qué las personas necesitan realizarse?, ¿por qué el barquito flota? Confieso que practico el “por qué” con asiduidad para indagar los motivos, tirar hacía atrás para intentar llegar al pecado original. No estamos preparados para enfrentarnos a un simple “por qué” que se entiende como un reproche, como si cualquier respuesta, la que fuera, pudiera dar pie a la reprimenda: muy difícil que asome la verdad. Y además no siempre estamos dispuestos a admitirla ni a inculpar a un tercero ni a reconocer un error ni una mala decisión que desencadenó una secuencia de despropósitos.

Opciones. El mecanismo de la oferta y la demanda explica el crecimiento económico de los últimos siglos y sus positivas consecuencias respecto al bienestar, la seguridad y los avances sociales de la toda la humanidad. Puede que no sea equitativo todavía pero ya es un fenómeno global. Hemos avanzado, no cabe duda. Esto de ahora funciona mucho mejor que la economía de guerra, por ejemplo, una práctica habitual hasta hace nada que resolvía los incrementos de la demanda mediante la conquista, el saqueo y la esclavitud, con graves efectos colaterales. También ha dado mucho mejor resultado que la economía planificada que aplicó sin éxito el bloque comunista con tan obsesiva insistencia, descartada finalmente por ineficaz.

Teoría. El equilibrio entre oferta y demanda requiere libertad en la toma de decisiones por parte de los compradores o de los receptores de los servicios y ciertas reglas básicas. Exige competencia, que se garantice la posibilidad de elegir, que la transacción no esté sujeta a coacción, ...en fin, ya sabemos cómo va. El consumidor, el ciudadano de a pie, tú y yo, con nuestro dinero, mediante las decisiones de compra, elegimos lo que se cultiva, lo que se fabrica, los servicios que se oferta y la tecnología que se desarrolla. Un sistema imprescindible en el mundo de la empresa y en el ámbito público aunque sus beneficios no parezcan tan evidentes.

Práctica. En sus despachos, el CEO de cualquier multinacional y los líderes de las sectoriales empresariales coinciden en que hay demasiado poder en manos de tanto rebenque, en manos de toda esa gente que en realidad no sabemos lo que queremos ni lo que nos conviene ni nos hemos percatado de que necesitamos ser adoctrinados sin demora. Y en sus escaños sus señorías están sometidas a presiones de todo tipo para introducir excepciones a ese principio básico de oferta/demanda por interés de parte. No digo que el trabajo de los lobbies que sea ilícito, no me atrevería. Y estoy convencido de que las iniciativas legislativas son bienintencionadas y conceptualmente justificadas, para evitar esas “prácticas comerciales desleales”.

Inutilidad. La reserva de un determinado sector a unos pocos operadores (evitar la competencia), fijar el precio de venta de los libros (evitar competir por precio), fijar el precio de compra a proveedores (evitar el abuso), admitir a los alumnos en un colegio público por proximidad (evitar visibilizar la mala calidad) y otras muchas. Normas encaminadas a limitar la libertad en la toma de decisiones. Tela. Buena intención pero ha salido mal: los taxistas atrapados por el pago de la licencia, las telecos que maltratan a sus usuarios sin consecuencias o la educación pública desprestigiada. Como es imposible expulsar del sistema a quienes abusan de la buena fe contractual, la UE y sus estados miembros legislan para encorsetar, para restringir. No servirá. Y entonces, ¿por qué?, ¿por qué? ...me harán callar: “no nene, no, las gallinitas, no hablan”.


(Imagen de blogeconomyday.wordpress.com)

domingo, 31 de mayo de 2020

Canarias


Libre. Comparto provocador cada 30 mayo el mismo articulín publicado hace diez años con el título “Viva Canarias libre” para conmemorar el día de nuestra autonomía. No falla, “no te veía yo a ti independentista”, me respondió ayer un buen amigo. Y es que tiene truco. Mi reflexión versa sobre un anhelo de libertad que poco tiene que ver con la soberanía. Incito a la lucha, sí, claro, esa es la idea, una revolución, coger la azada para romper la jaula, pero que requiere identificar primero el yugo que nos oprime. Y añado folclore: una Canarias libre de inmovilismo y desconfianza mutua, libre de golfos que aprovechan la política para subterfugios y contubernios, libre de quienes practican la economía sumergida y lo cuentan, de quienes cobran el paro y trabajan, de funcionarios sin espíritu de servicio público. Abogo por una Canarias que afronte el futuro de diferente manera.

Dependiente. Otro amigo conocedor de la historia de España -peninsular de la Meseta por identificar el sesgo- me decía que nunca entendió por qué Canarias no tomó la senda de la independencia a finales del XIX como territorio de ultramar, igual que Cuba y Puerto Rico, y que esa posibilidad sería en la actualidad mucho mejor aceptada por el resto de españoles que el ansiado proceso catalán. No sé yo. Quizás faltó un barco hundido y unos yanquis, o puede que en Canarias en aquella época estuvieran entretenidos en pelearse por cuál de las islas debería recibir los favores de la madre patria. Un “proyecto país” -término muy preciso acuñado por Rafael Mesa-, ese plan colectivo, en mi opinión, requiere encauzar muchas de las cuestiones que enumero en el párrafo anterior. Ese otro debate, el de decidir nuestro propio futuro, permanecerá en segundo plano mientras no colapse la UE o caiga un meteorito.

Constructo. La cohesión entre islas es una realidad. No por casualidad, por empeño. Al presidente Martín no lo entendían bien cuando apostaba por reforzar la movilidad interinsular, esas líneas de interés autonómico por tierra, mar y aire, desde la Punta de la Orchilla a Caleta de Sebo. Una verdadera autopista para ser “una tierra única”, como insistían con aquel eslogan apropiado por el nacionalismo. La isla como accidente geográfico es un constructo político contra el que debemos luchar. Era imprescindible conectarlas físicamente y eso ya casi está (a falta de Fonsalía y unos tramos del anillo insular). Más complejo será encajar el trasfondo emocional.

Tara. La política en Canarias está condicionada por el pecado original del pleito insular. El único acuerdo posible, la triple paridad, nos distanció años luz del principio democrático “una persona, un voto” y que la última reforma -triple paridad suavizada- solo matiza pero no corrige y mantiene, además, como árbitros a los vecinos de las islas no capitalinas: tremenda carga que exige muchísima responsabilidad. Como si un territorio (una isla) tuviese voluntad propia. Y constatado el irreconciliable resquemor ancestral que impide, según parece, a los empadronados en Tenerife proponer algo beneficioso o necesario para los residentes en Gran Canaria o viceversa. Una forma de pensar fruto del adoctrinamiento, por interés o estulticia, una tara colectiva, en cualquier caso, contra la que estamos obligados a luchar.

Hay esperanza. Sostuve durante años animadversión no disimulada que me llevó a preferir que la UD Las Palmas perdiera a que el CD Tenerife ganara, desde que mi equipo jugó como local en el Insular uno de sus partidos de Primera y fue abucheado por la afición amarilla. Me entero por un amigo que estuvo allí: en contra chillaban cuatro, la grada apoyó al equipo canario sin fisuras. Vivía engañado.


domingo, 24 de mayo de 2020

La mano que mece la cuna


Protestar. No entiendo bien la manifestación de ayer con pitas y banderas en plan celebración de un campeonato de fútbol del que La Roja hubiera salido victoriosa. Una protesta en coche, de acuerdo, tabarra de primer orden, muy lucida y persistente -dieron varias vueltas al mismo circuito urbano-, organizada así por no desatender las obligaciones de distanciamiento social, digo yo, no pienses mal. En cualquier caso, un grupo de ciudadanos que ejerce el derecho constitucional al pataleo, perfecto. Como resido en el centro de la ciudad, nada que objetar distinto a mi opinión habitual respecto a cualquier otra expresión del desencanto popular: a ver si un día se llevan la protesta a la Avenida de los Príncipes, en la que seguro que vive mucha más gente a la que fastidiarle el día, y vamos alternando.

Dudas. De toda esta movida de himnos y banderas no sé qué me preocupa más, el hecho de que se apropien de los símbolos de la selección española para sus soflamas, las soflamas incendiarias en sí mismas o los vilipendios de sus detractores, insultos incluidos, nada coherentes con el respeto a las reglas del juego que intentan defender.

Cautela. Ya puestos a aguantar el peñazo un par de horas de un apacible sábado por la mañana, es una pena que los organizadores no hubieran puesto algo más de empeño en explicar exactamente qué es lo que reclaman. ¿Que el presidente Sánchez dimita cual chivo expiatorio? Un clásico, pero todavía no toca, restan aun varios años de legislatura. ¿Que se acabe ya el estado de alarma? Pues sí, a ver si termina de una pajolera vez, a ver si despertamos de esta pesadilla. A esa manifa me hubiera apuntado yo de buen grado, no con la bandera de España, que no sé dónde la metí después de la última Eurocopa, sino con la del CD Tenerife, que la tengo a mano. Aunque claro, ese despertar dependerá de cómo vaya la cosa porque ayer fallecieron 48 personas, que nos parecen pocas, pero sigue siendo una barbaridad. La amenaza del contagio se mantiene presente. De la misma manera que ahora denuncian que el confinamiento llegó tarde, que había que haberse puesto a fabricar mascarillas mucho antes y que ya está bien de estar metidos en casa, igualito, porfiarán después que el Gobierno fue un irresponsable si surgiera un repunte en estos próximos días, repunte además del que no estamos exentos.

Las reglas. Cuanto más jaleo, menos atención. Confieso que no veo tanto problema en que un grupo de ciudadanos chille lo que quiera. No estamos en la Alemania de los años 30 ni esa gente persigue instaurar en España un régimen represivo ni asesino. Muchas de sus ideas tienen un fondo retrógrado de autoritarismo que ni comparto ni me gusta pero, en cualquier caso, acepto el funcionamiento del sistema democrático. Aplicar la dictadura de la mayoría sería igual de malo que caer en brazos de la dictadura de la minoría. Atentos debemos estar todos -ellos también- porque ninguno sabemos qué mano mece la cuna ni de dónde viene la pasta ni qué fines persigue a largo plazo.

Prescripción. En las cuestiones mundanas los hilos de la marioneta se dejan entrever según y cómo les dé la luz. Ese plan general que satisface los intereses de determinado propietario y fastidia las pretendidas esperanzas de otro que se negó a vender antes de la exposición pública, ese sistema de gestión de residuos que no termina de autorizarse porque alguien ve peligrar su propia actividad o una ley que se propone modificar para permitir hacer negocios a determinado simpatizante. Para todo: transparencia.

domingo, 17 de mayo de 2020

Y si...

Y si estuviéramos en un escenario distinto al de la crisis que nos anuncian.

Y si la condición de islas se evidencia como una ventaja relevante para gestionar situaciones de pandemia.

Y si la coyuntura internacional post covid-19 situara a Canarias en una posición privilegiada por la posibilidad cierta de controlar la entrada de personas.

Y si la existencia de un potente sistema sanitario y la ausencia de vectores de contagio nos define como destino turístico único en nuestro entorno europeo.

Y si la posibilidad de hacer test rápidos a la salida de los vuelos en los aeropuertos de origen permite discriminar los turistas no contagiados de manera fiable.

Y si esos 15 millones de turistas no contagiados que nos hace falta para mantener la maquinaria a pleno rendimiento -equivalentes al 3,3% de la población de la UE- pudieran viajar a un destino seguro como Canarias.

Y si la cronificación de la epidemia del covid-19 o de alguna de sus mutaciones sigue afectando especialmente a las personas mayores.

Y si los cientos de miles de mayores que en Europa gozan de un alto poder adquisitivo eligieran Canarias para huir de la amenaza cierta de la pandemia.

Y si debido a la falta de competidores con similares condiciones de seguridad sanitaria los operadores turísticos en Canarias pudieran incrementar significativamente los precios de los servicios que prestan.

Y si el nuevo flujo de turistas y a la mayor disponibilidad económica permitiera a los trabajadores del sector turístico recuperar sus empleos y mejorar sus condiciones laborales.

Y si el repunte de la actividad turística atrae capital de otras partes del mundo para invertir en Canarias en la mejora y renovación de la planta hotelera, en construir nuevas residencias para personas mayores, en proyectos de ocio, en incrementar la capacidad asistencial, en atender un mercado interno con trabajadores con una mayor capacidad de consumo.

Y si el incremento de la actividad y la materialización de las inversiones permitiera disponer de más recursos públicos para terminar infraestructuras, reforzar el sistema sanitario y modernizar la educación.

Y si los operadores turísticos canarios en ese nuevo escenario no restrictivo se comprometieran con el sector primario local para el suministro de los alimentos y los vinos que ofrecen a sus clientes.

Y si la gastronomía en las Islas se convirtiera en el atractivo que debería ser con idéntico compromiso con el sector primario del que forma parte.

Y si los trabajadores del turismo que disfrutaran de esas nuevas condiciones laborales se implicaran también con el sector primario local para llenar su cesta la compra.

Y si el pago de un precio acorde a los costes de producción a los agricultores, ganaderos y pescadores y a la industria transformadora permitiera el desarrollo de un sector primario sólido, moderno, con mejores condiciones laborales, respetuoso con el medio ambiente y enfocado a la más alta calidad.

Y si esta rueda que empieza a girar -control de la epidemia, ventaja competitiva en el turismo, mejores precios, más infraestructuras, mejores servicios públicos y más consumo de producto local- terminara definitivamente con el paro.

Y si esta secuencia de efectos positivos -cero afectados por la pandemia, cero paro, mejores condiciones laborales, mejor asistencia sanitaria, mejor educación, alimentos de mayor calidad, más respeto por el medio ambiente- no fuera una entelequia sino la descripción de una realidad posible que mejorara sustancialmente el bienestar de las personas que vivimos en Canarias.

Y si nos ponemos serios, entendemos la importancia y cumplimos estrictamente con las medidas de cautela para salir del confinamiento.

El futuro no es esperar a ver qué pasa, el futuro es aquello que hagamos.

domingo, 10 de mayo de 2020

A todos se nos llena la boca de papas con mojo


Crecimiento infinito. La economía útil para las personas no va de dinero sino de que ese dinero se mueva, cambie de manos y genere riqueza. Si tus vecinos no tienen no podrán comprar aquello que vendas o aquellos servicios que prestes y, por tanto, sin ingresos, tú tampoco podrás hacer lo propio, pierden todos. Ese efecto no es tan directo -pensarás- vivimos en un mundo globalizado con sistemas de ajuste. Puede ser. En una sociedad de la escasez en perpetuo crecimiento tenía sentido. Hasta hace nada esos intercambios de eficiencia -yo soy mejor en la fabricación de ropa y tú eres mejor en el desarrollo de medicamentos- permitían el equilibrio exportación/importación alentado por la búsqueda de productividad, muy asimétrica, por cierto, en unas culturas mediante I+D y en otras con trabajadores explotados en condiciones de vergüenza. Ahora vivimos una realidad distinta, toca gestionar la abundancia, los excedentes, las altísimas capacidades de producir cualquier cosa. Pero la población no crecerá hasta el infinito, ¿una última generación en los países emergentes? Quizás, pero no creo que lleguemos a los 10.000 millones que auguraba apocalíptico el científico británico Stephen Emmott.

Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.

Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.

Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de quilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige un agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.

Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.

domingo, 3 de mayo de 2020

El precio de la cesta de la compra

Tractores a la calle. Nos queda lejísimos la convocatoria de aquellas manifestaciones de agricultores y ganaderos enfadados por la imposibilidad de vender sus productos a precios razonables. El miedo a la muerte lo eclipsa todo, por supuesto, y esta discusión quedó pendiente. El problema sigue ahí, ahora con agravantes. Aunque no a cero, las ventas de productos agrícolas han caído por el cierre de bares y restaurantes, el suspenso de la actividad turística y la contracción de la demanda por lógica prudencia del consumidor. El sector que antes se rebelaba y protestaba airadamente, ahora se muerde la lengua. La constante pérdida de renta agraria: reivindicación comprendida y compartida. Si hiciéramos una consulta popular gozaría del apoyo ciudadano por simpatía. Porque lo rural forma parte de nuestro acervo, nos es amable por su propia naturaleza, disfrutamos del paisaje cultivado, sinónimo de orden y riqueza ancestrales.

Renta. La mejora de la renta agraria no es asunto exclusivo de leyes. No hay legislación que pretenda intervenir en el mercado que no arme cierto estropicio aunque se promulgue cargada de buenas intenciones. El legislador se arriesga con la regulación de la cadena alimentaria que pretende que el contrato exista y que refleje los costes reales de producción -cuya concreción en la práctica presenta enormes dificultades técnicas- para que sirvan de base en la conformación del precio final al público. También prohíbe la “venta a pérdidas” y limita la utilización de promociones comerciales con productos frescos.

Condicionantes éticos. Sin tenerlos en cuenta los buenos propósitos no servirán de nada: imprescindible apelar al comportamiento responsable. Los productores que ofrezcan la máxima calidad y garanticen la seguridad alimentaria, la cadena de distribución que aplique el margen justo en cada eslabón, respete la trazabilidad y señale la procedencia y el consumidor que actúe cómo quiera con toda esa información… unos estaremos dispuestos a pagar más por algo bueno que no ha viajado por medio mundo y otros no; en ambos casos que podamos decidir con pleno conocimiento de causa.

Soberanía alimentaria. Un sector que en Canarias no llega al 1,6% del PIB, en estable retroceso. Una historia de monocultivos que nunca fueron suficiente para evitar la pobreza y la emigración. Y ahora, en el siglo XXI, sin renunciar a la exportación para equilibrar nuestra balanza comercial, entran en juego otras consideraciones. Hablamos del incremento del autoabastecimiento, vinculado a minimizar la importación de productos frescos, por lógica ambiental, social y económica. Procurar alimentos de proximidad y presumible alta calidad: tenemos 2,3 millones de residentes y número todavía indeterminado de turistas a los que dar de comer. Una iniciativa que creará riqueza y generará empleo.

AIEM. El debate está abierto respecto a la conveniencia de incluir determinados productos agrarios, ganaderos y pesqueros en este impuesto. Un arancel puro y duro que se aplica con la finalidad de encarecer lo que viene de fuera. A favor: con un coste mayor se reduce la diferencia de precio de venta, el producto local compite mejor e incrementa su producción, que es lo que se pretende. En contra: sube el precio de la cesta de la compra con graves implicaciones para las familias con menos recursos. Rompamos el círculo vicioso: somos pobres, no chuta la agricultura local porque no compite, no compite porque es más cara y necesitamos que funcione para salir de pobres. Lo veo claro, para avanzar en el autoabastecimiento establecer este arancel vendría de miedo. En un escenario de apuesta por la soberanía alimentaria, la subida de precios ocurrirá de cualquier manera al aplicar la ley de cadena alimentaria que evidenciará unos mayores costes de producción en las Islas. Tal cual.

domingo, 26 de abril de 2020

Teletrabajo, pues no

Vacaciones eternas. El teletrabajo estaba idealizado. Imagino que ya te habrás dado cuenta. Lo sufren los ciudadanos de este planeta confinados por mandato gubernamental y responsabilidad social que no se dedican a labores esenciales que requieren presencia física. Trabajar desde casa esta muy bien pero hasta cierto punto. “Sería distinto si pudiéramos salir para otras cosas” dirá quien planea ahorrar en el espacio de oficina para justificar una reducción de costes en su empresa. Abren el debate por interés de parte, aunque en realidad bien sabes que trabajar en casa es muy incómodo. Idealizado, como eso de estar de vacaciones todo el rato, que nos parece el estado perfecto y, si uno pudiera, sobrepasado el primer mes, se parecería más a estar en el paro, situación que no le gusta a nadie. “Yo podría estar todo el año de vacaciones” me refutará usted que se pasa toda la vida esperando jubilarse, pero observe y verá que un alto porcentaje no disfruta de ese nuevo estado aunque jamás lo confiese.

Productividad. Si viviéramos en unas casas de esas enormes como las que salen en las películas americanas, con jardín delantero y trasero, porche, garaje, canasta de baloncesto, amplia primera planta y enormes dormitorios en la segunda, pues no sé yo. La realidad española es otra para la inmensa mayoría. Tampoco creo yo que sea exclusivamente una cuestión de espacio, pero también... qué pereza tener que liberar la mesa del comedor para su uso principal además de la matraca con las conversaciones de tu pareja todo el día colgado al teléfono. En casa se escaquea uno menos que en la oficina no vayan a pensar y se dedica mucho más tiempo efectivo que el pactado y a cualquier hora: “ya que estoy, total, termino esto, que no hay nadie esperando a que llegue a casa”. Los números salen, seguro, hasta que entremos todos en barrena afectados por el desánimo.

Creatividad. Ni las grandes empresas tecnológicas han prescindido de los espacios comunes de contacto y podrían haberlo hecho hace muchos años. La opción del teletrabajo se ofrece como una ventaja según la situación personal específica de cada individuo pero no se prescinde del cuartel general ni de las delegaciones. El contacto entre las personas, la dinámica de equipo, el intercambio de ideas y el ambiente propicio generan conocimiento y condiciones para una acertada toma de decisiones. Separar los ámbitos -el laboral del familiar- ayuda al equilibrio entre los diferentes planos del desarrollo personal: cada uno introduce en nuestra efímera existencia diferentes elementos de motivación y felicidad.

Sensatez. Un hecho insólito que en estas latitudes la inmensa mayoría de la población esté aguantando metida en casa un par de meses. Un escenario habitual en el norte de Noruega, por ejemplo, tenlo en cuenta, tan estupendos no somos. En el mundo laboral algunas cosas sí que deben cambiar. Pero no será por un virus sino por el propio avance de la tecnología y la sensatez que acompaña inevitablemente a los nuevos tiempos: menos horas semanales presenciales, horarios más cómodos, conciliación real, calendario escolar compatible, ayuda efectiva a las familias que quieran tener hijos.

Incineración. Ahora bien, el virus sí que servirá para desenmascarar el mantra -repetido un millón de veces- de recicla, recicla, recicla y el anuncio precipitado de la inminente prohibición de los útiles de un solo uso. Manda la exigencia, por pura supervivencia, de evitar el contacto mediante mascarillas desechables, guantes y todo tipo de material de protección cuyos residuos deben ser destruidos. El reciclaje está bien en muchos casos, pero no con carácter universal, mucho ojo con asumir riesgos en esa manipulación.

domingo, 19 de abril de 2020

El manifiesto

Revolución. Me mola, dicho sin ironía ninguna. Para un revolucionario nato como yo el manifiesto anuncia la dimensión de la insurrección, mecha desencadenante que anticipa la toma de la calle y el emplazamiento de las barricadas. El manifiesto por definición debe estar dirigido a la opinión pública (si es que esta existe), proponer un plan plausible (no una mera formulación teórica) y defender ideas que puedan entenderse como novedosas respecto al sistema establecido. Para que tenga éxito resulta de vital importancia que sea entendido por un número suficiente de personas, que lo hagan suyo y que remueva conciencias para pasar de la insatisfacción a la acción, del “me gusta” a la huelga general.

Spam. En la era digital cualquier manifiesto es spam. En el caso improbable de que nos llegue alguno, ni lo abrimos, salvo que le tengamos aprecio personal a su autor, interés especial en el tema y nos pille extremadamente ociosos. Firmamos un “change.org” con un enunciado sugerente por solidaridad, nadie analiza nada, nada de nada. Porque en la era digital es dificilísimo mantener un debate constructivo dentro de los límites de la educación. El alejamiento social desinhibe la falta de respeto y toda discusión acaba en bloqueo o tenso silencio, cero consenso. Así es imposible arrancar una revolución.

Títeres. “Todo lo malo que nos ocurre es por la inacción del gobierno e imprevisión institucional”, “los políticos son unos inútiles” y todo eso. Y por si fuera poco, lo bueno nos sucede cuando actuamos en libertad al zafarnos de ese yugo. Vivimos en un país de entrenadores de fútbol y de ministros de economía. Eso de “lo que el presidente debería hacer ...” es sin duda el sintagma más pronunciado en este insufrible confinamiento. Y entonces el manifiesto pierde su condición rebelde y se convierte en elementales instrucciones de presunto obligado cumplimiento: el predicador pretende ocupar el puesto de ventrílocuo para manejar los hilos y que el político de turno siga dando la cara -que a mí me da la risa- para poder continuar con la leña al mono llegado el caso.

Reflexionar. Tantos días en casa y todavía no te has decidido a sacar los Legos o a desempolvar el Scalextric. Hazlo, por salud mental. O coge un libro, métele a los clásicos, que por algo son considerados como tales: Dostoievski si quieres profundizar en la inmundicia humana, Pérez Galdós para que te ayude a desdramatizar en estos momentos difíciles o El Quijote como enseñanza universal. El santo día en internet afecta, el algoritmo se encarga de retroalimentar tus propias paranoias. Buscar criterio es un fin en sí mismo. Buscar argumentos para sublevarnos de este cautiverio es inherente a la condición humana.

Opinar. Cada ámbito de la vida económica funciona según sus propios mecanismos, con unos principios generales -ética y legislación básica- y unos específicos. Cada rubro o sector maneja su propio lenguaje y sus propias normas no escritas que solo la experiencia ayuda a descifrar. Como simples consumidores, el comercio minorista se nos antoja un juego de niños -¿quién no montó su propio mercadillo de frutas de plastilina?- hasta que alguien nos hace entender que se trata de gestionar un stock, comprar y vender, con su complejidad en un ecosistema altamente competitivo. O como usuarios del sistema sanitario, nos puede resultar inexplicable tanta cautela en la gestión de esta crisis de salud pública que pretende evitar el colapso de la capacidad asistencial. El efecto Dunning-Kruger explica el comportamiento de quienes opinan de manera tajante sobre cualquier asunto sin tener conocimiento de causa. Afirman los expertos que aunque nuestra primera reacción sea refutar, no serviría de nada.

domingo, 12 de abril de 2020

Y después, qué

Nuevo mundo. Pues no. No amanecerá un nuevo mundo después de esta pandemia. Opinión que no se sustenta en evidencia científica alguna, mera especulación. Ejercicio de análisis que ni pretende ni conseguirá influir en lo que tenga que ocurrir. Misma economía de mercado, mismo estado de derecho y reforzado sistema de cobertura social. Y de propina múltiples evidencias respecto a las que un porcentaje de individuos tomará conciencia y otro no, que siempre hay quien no se da por aludido; la vida misma.

Primero lo positivo. Si es que se puede decir así. Ya lo habíamos demostrado cuando dejamos de fumar en los locales públicos de un día para otro. Los españoles somos muy quejicosos pero igualmente disciplinados, por mucho ruido que haga el nota del megáfono plantificado en cada esquina. La reclusión domiciliaria funciona por pura lógica. Solidaridad y estoica comprensión frente a la realidad que nos espera, que será terrible, aunque mucho menos terrible que sucumbir ante la jodida enfermedad.

Lo negativo. Las pérdidas humanas. Y nada se ha oído de los retrovirales ni de la vacuna que nos proteja del Covid-19 y de sus descendientes, seguimos sin estar seguros. Miedo como con el cáncer que aparece de repente y ya es demasiado tarde. O la impotencia con el Alzheimer que te sustrae de tu propio ser. O cuando a finales de los ochenta nos sorprendió el sida. Y no quiero ni imaginar cómo vivía la gente antes de que Fleming descubriera la penicilina. Aunque bien pensado con todas estas amenazas hemos llegado hasta aquí, con enormes incertidumbres pero con avances más que evidentes.

El día siguiente. Saldremos de casa. Saldremos con las medidas de protección que nos imponga la autoridad de salud pública, sin duda, y en masa. Anticípese, pida hora con su peluquero que andará muy ocupado, no se atreverá a dar cita concreta pero téngalo atado, que se presenta una importante punta de trabajo para este gremio. No así para los empresarios de otras actividades que procederán con suma cautela en ese primer momento, esperarán a que la rueda empiece a girar antes de reincorporar a sus trabajadores -hayan optado por el ERTE o por aplicar despidos-. Por tanto, una oportunidad para autónomos y microempresas en el comercio, el transporte y la hostelería que se enfrentarán a menor competencia inicial, un incremento de negocio que deben saber gestionar. Entre medio la administración pública se colapsará sin remedio cuando los plazos suspendidos vuelvan a correr. Y con todo, nuestro futuro en las Islas dependerá de según y cómo se organice los vuelos que traen a los turistas, se verifique los negativos antes de embarcar y se establezca protocolos infalibles en el caso de. Al permanecer libres de la epidemia, volvemos a estar en mejores condiciones que cualquier otro destino turístico competidor, presumiblemente con un pico en la demanda, y es que también los guiris llevan muchos meses de reclusión.

El otro día siguiente. Esta condena en prisión preventiva nos debe enseñar qué es lo realmente importante. Máximo respeto al personal sanitario por jugarse la vida por todos nosotros. Toda nuestra consideración para agricultores, ganaderos y pescadores que siguen en el tajo echándonos de comer. Y renueve la cocina, ni usted mismo entiende cómo pudo estar tantos años así, busque una casa mejor, más grande, que los chicos crecen, con un patio o con una terraza que haga más llevadero el próximo confinamiento y decídase, abandone de esa relación tóxica que no le lleva a ningún sitio, libérese y encuentre el amor, ya le digo yo que es la mejor manera de manejarse en una convivencia prolongada.

domingo, 5 de abril de 2020

La opinión pública murió


Golpe de estado. Mi amigo asustado por el cariz de las conversaciones de estos días en un par de grupos de whatsapp en los que participa, gente aparentemente normal, compañeros de trabajo, antiguos camaradas de estudios, familia, no sé bien. Asustado porque se incita sin tapujos a desmontar el sistema, todo muy apocalíptico. Culpables, culpables, los representantes elegidos en democracia son culpables, desollados en la vía pública, escarnio e imputación de responsabilidad por cada una de las muertes de ese jodido virus. Demolición, a cara descubierta, a las barricadas, a engendrar un nuevo orden. Mi amigo, asustado, no sale de su asombro: miedo puro y duro.

Descrédito. La exposición prolongada a las redes sociales -propia de este confinamiento- ofrece un panorama similar. El algoritmo muestra la denigración extrema al actual presidente del gobierno y a su equipo, con acusaciones gravísimas y todo tipo de insultos nada velados, un tratamiento mucho peor al que vivimos durante la última etapa de Rodríguez Zapatero, que ya es decir. Me pregunto si quienes se expresan con tal desparpajo, con tales exabruptos, con tanto desprecio e indignación, serían capaces de decírselo a la cara si tuvieran la oportunidad, al presidente Sánchez o a cualquier otro con el que mantuvieran algún desencuentro ideológico. Me pregunto también qué decisiones adoptarían esos mismos exaltados si sus pensamientos mesiánicos pudieran entrar en vigor tras pasar por la preceptiva publicación en el BOE. Porque soltar sapos por la boca es una cosa y tomar decisiones de obligado cumplimiento es otra muy distinta.

La trampa. En esos chats de treinta, cuarenta o cincuenta personas quienes vierten las ideas radicales son unos pocos, siempre los mismos, que comparten noticias sin contrastar, despotrican y aplacan con virulencia cualquier atisbo de iniciar un debate constructivo, esos que utilizan el insulto personal cuando escasean argumentos para refutar. Cada grupo gira sobre su eje con su propia dinámica: reinan quienes practican la verborrea, unos pocos que tratan de meter baza de vez en cuando y una inmensa mayoría de meros observadores: el rumor que pueda trascender no es ni por asomo la opinión del conjunto. En internet la interferencia es mucho mayor, orquestada con ayuda de la tecnología, pagada incluso. Descubrimos que se emplean miles, millones de perfiles falsos para difundir todo tipo de disparates con intencionalidad. Confieso que me cuesta encontrar la motivación para desperdigar determinadas mentiras, tendrá que ver con socavar la reputación de los protagonistas o con generar un estado de confusión general. Cuesta pensar que encierre un afán electoral, sería absurdo después de un par de largos años de incertidumbre, con un gobierno recién constituido y en una crisis sin precedentes que nadie en su sano juicio querría -por iniciativa propia- tener que gestionar.

Conspiración. Respecto a pretender la confusión generalizada entiendo que existen tantas explicaciones plausibles como admita nuestra imaginación. Desde provocar la caída de la bolsa para que alguien tome el control de una gran corporación a precio de saldo, hasta pretender canalizar grandes cantidades de dinero público hacia la industria farmacéutica. Desde conseguir que sea condonada la enorme deuda financiera que ahoga a determinado sector productivo hasta permitir que los Puyol eludan su entrada en prisión. Ni idea.

Nuevo orden. El concepto “opinión pública” ha muerto. Ese palpar el sentimiento colectivo a través de un chequeo aleatorio o mediante prescriptores formales o informales, resulta imposible de evaluar: demasiada información, no disponemos de la herramienta para extraer la verdad, si es que existe. Un nuevo orden: toma de decisiones políticas con absoluto pragmatismo y piel gruesa para la crítica. Y para la validación o censura, esperar a las urnas.

domingo, 29 de marzo de 2020

La culpa fue del cha-cha-chá

Culpable. Mi abuelo Espinosa hacía un cuento de cuando en Santa Cruz la vida giraba en torno a la actividad portuaria. Nunca supe si se trata de una historia real o si aquel detalle solo aportaba el contexto. Comenzaba con un barco que atraca y la adquisición de un mono. El satisfecho comprador se lo lleva a casa pero al día siguiente el mono muere. Desconsolado busca al vendedor y le reclama, se siente engañado, cree que le ha vendido un animal enfermo y le exige la devolución del dinero. El marino, hierático, le pregunta -¿y qué le diste de comer?-, -un plátano-, responde, -¡pues ya te lo cargaste!-, sentencia.

Pobreza y desigualdad. Precisamente de esto va esta pandemia, de monos y otros animales salvajes vivos con los que se comercia y que sirven de alimentación a una población pobre de solemnidad en esos países con abundantes selvas tropicales, una realidad tan lejana y tan cercana. Virus propios de todo tipo de especies que saltan a las personas, que mutan para adaptarse a un nuevo huésped que no está preparado para combatirlos. Un fenómeno que no es nuevo, antaño morían pequeñas comunidades sin que trascendiera, la familia y su entorno cercano. En este caso, la extremada facilidad para propagarse del COVID-19 y la globalización, provocan una pandemia de gigantescas proporciones e inciertas consecuencias. Sabemos que se transmite a mayor velocidad que la gripe y que esa característica lo hace especialmente peligroso, no para un individuo -que lo sufrirá según su estado de salud previo y la posibilidad de atención médica- sino para el conjunto de los ciudadanos al agregarse la demanda que colapsa el sistema sanitario. Confinamiento para detener la propagación, ese es el plan, mientras la ciencia trabaja a marchas forzadas para conseguir un retroviral y/o una vacuna que nos proteja del contagio.

Reenfoque. Hay que repensar este modelo de globalización, en eso estamos de acuerdo, capaz de mejorar el bienestar de la población mundial, que nos trae la enfermedad y paradójicamente también nos provee de los medios para combatirla. Ya había indicios de que la deslocalización industrial no fue una buena idea, ahora se constata. China quedaba tan lejos pero no lo está, confinar a 40 millones de personas en Wuham nos parecía una exageración pero no lo era. Ni caso al refranero: si las barbas de tu vecino ves cortar...

Llegó la epidemia y el Gobierno de España le dio un plátano. Es nuestra naturaleza -como nos descubrió Esopo-, no tenemos elección: buscamos culpables. El presidente Sánchez, desencajado en cada intervención pública, y su panel de expertos que ya no sabe qué decir. Los partidos de la oposición no pueden resistir mostrar cierto desacuerdo pero dan el apoyo, a regañadientes, reproche y resignación, todo muy medido, sin evaluar el efecto de esa conducta en la toma de decisiones por parte de sus adversarios políticos responsables de hacerlo. Con la perspectiva actual enjaular a mil turistas en el H10 Costa Adeje Palace fue una medida dificilísima que ahora nadie discute, en febrero sí... ha pasado un mes, solo un mes. Preocupante también la falta de cohesión de la Unión Europea para afrontar el trance cuando más falta hace, al menos una respuesta política, una mentirijilla piadosa, una llamada a la solidaridad.

Suerte. Que haya quien redacte y mande publicar reales decretos de obligado cumplimiento. En una catástrofe de esta magnitud, sin precedentes, -recordaremos con cariño la crisis del 2008- cualquiera otros responsables políticos cometerían idénticos errores o distintos errores con idénticas incertidumbres. Y sus oponentes responderían con similares ambages. Mejorar nuestra propia naturaleza es el reto.


sábado, 20 de abril de 2019

Sin prensa libre

Conocemos la teoría del cuarto poder. Tres contra uno, el legislativo, el ejecutivo y el judicial sujetos al escrutinio de la prensa. Equilibrio a través del autocontrol de quienes ostentan el mando en plaza por miedo a la denuncia pública, en este mundo cruel de moral disoluta: si no hubiera examen exhaustivo del comportamiento ni capacidad material de difundir las tropelías, imagínese la bacanal. Aunque me resisto a aceptar la corrupción como intrínseca de la condición humana, no restaré importancia a la imprescindible independencia de los medios para contar la verdad, toda la verdad, y para opinar a favor o en contra desde el respeto que merece cualquier posicionamiento ideológico o dogmático.

En la práctica este mecanismo no funciona bien ni nunca lo hizo: sucio dinero que todo lo pervierte. Porque la actividad periodística tiene un coste y el ejercicio de la política unas ganancias, efectivas o potenciales. El peculio entra en la ecuación. El supuesto equilibrio, mero espejismo, ni siquiera cuando los consumidores pagábamos el soporte y las empresas contrataban publicidad estuvimos libres del abuso de editores sin escrúpulos ni de la influencia del poder ni de sus mutuas confabulaciones. La prensa concebida como negocio, en manos del capital, con la exigencia de dar beneficios. Todos elementos de un modelo perverso e ineficaz para ejercer el control que pretende: ojo con publicar que tal cadena de supermercados vende ilegalmente a pérdidas porque es un importante anunciante, ojo con destapar que ese mismo holding cobró ayudas públicas contrarias a la libre competencia porque ambos empresa y administración son importantes anunciantes.

En la era digital el intrépido ciudadano no paga por la información, la hay a raudales, circula por internet de todos los colores. Y como necesitamos garantizar su veracidad, que la falsa es irrelevante, elegimos periódicos digitales de prestigio y reconocida solvencia. Y como no saben cómo retribuirse, nos inflan a publicidad emergente, muy incómoda y absolutamente insuficiente que deriva en despidos, trabajo precario, copia/pega y el uso indiscriminado de la nota de prensa. Cabeceras relegadas a ejercer de canal que transmite la información que elaboran otros: agencias, administraciones públicas y grandes corporaciones que pueden pagar profesionales. Noticias que se publican sin la mínima comprobación que exige la prudencia periodística, sin recursos para investigar ni para indagar en lo más cercano, para algo de crónica local.

El cuarto poder no existe como tal. De la información que nos llega no podemos garantizar su origen ni veracidad. Un ecosistema de empresarios, políticos y funcionarios que campan a sus anchas y dictan lo que leemos en prensa y escuchamos en la radio. A veces trasciende algún asunto, cuando surgen conflictos de interés entre quienes pelean por el poder, rivales que lavan sus diferencias en público para avanzar en la negociación. Brochazos de un lado y de otro, pero no se investiga/profundiza por falta de medios o por indicación expresa: una feroz huelga de empleados públicos que se desconvoca sin motivo aparente, un desvío de fondos, una supuesta irregularidad, cualquier hecho relevante del que nunca más se supo. Y trasiego de dinero que permite a la rueda seguir girando que nadie sabe muy bien en concepto de qué.

A la sociedad le interesa que haya prensa libre e independiente que investigue hasta las últimas consecuencias, que informe y que desmonte las noticias falsas. A la actividad económica y al empleo le interesa la trasparencia real. A la administración pública le interesa que se conozcan sus luces y sus sombras, combustible imprescindible para la mejora continua. Necesitamos prensa libre, profesional y que no sea un negocio. Vaya conclusión.

miércoles, 2 de enero de 2019

La verdad no interesa

No es cierto que la prensa sea el cuarto poder. Imposible, como actividad económica está sujeta a las reglas básicas del mercado y se debe a sus clientes que no siempre somos nosotros -lectores, oyentes, televidentes o internautas-, sufridos ciudadanos. Agravado por la coyuntura actual, en plena ebullición digital, sin un claro modelo de negocio, pagan más y mejor las administraciones públicas y el gran capital. En consecuencia, poco o nada del ansiado equilibrio: los medios de comunicación ni son capaces de controlar a los poderosos ni lo intentan con excesivo fervor por puro instinto de supervivencia. Realidad que se agrava en el ámbito local respecto a los hechos relevantes para la comunidad y la política doméstica.

La prensa libre como idea utópica, poco más, seamos realistas. Que la verdad circule con autonomía tiene potentes detractores entre quienes veneran (todavía) al Hobbes de “la información es poder” o entre quienes incumplen las normas en beneficio propio, por poner un par de ejemplos, complete usted la lista. Y es que la prensa libre, en su caso, crearía damnificados, claro está: todos los que aparezcan en esa relación, nada indefensos y con muchos recursos.

La verdad funciona a favor del interés general a largo plazo en pro del bienestar de las personas, para dotar de eficacia a la democracia, para crear las condiciones de la sana competencia, para castigar las malas conductas. Admitamos la mentirijilla piadosa ligada a la sinceridad gratuita, tan dañina, y contemos la verdad, todo son ventajas. La sociedad gana y el malandrín pierde. Verdad y transparencia. Que sea verdad y que se sepa.

Falta encontrar a ese alguien que cuente la verdad, que escuche a las fuentes, que investigue y contraste, que redacte con enfoque y comunique a través de los medios -medios hipotética e igualmente libres-, en definitiva, gente dispuesta al ejercicio del periodismo. De eso sí que hay, doy fe, con vocación, profesión y ganas. El reto: encontrar cómo remunerar ese trabajo y cómo pagar el soporte para abrir y mantener un canal capaz de llegar a muchas personas, a la tribu. Porque quien paga manda, con sus alternativas habituales: la venta de ejemplares, suscripciones y promociones, la publicidad, la recepción de subvenciones o ayudas de la administración pública, la colaboración de lobbies empresariales, partidos políticos y de otros grupos de presión. Las primeras -insuficientes- las paga el receptor y las demás el emisor.

En el mundo del internet-del-todo-gratis, póngale comillas, las noticias no se difunden por su relevancia ni como mecanismo de control ni para el fomento del sano juego democrático. Ni siquiera somos capaces de distinguir la verdad de la mentira. Circula información atómica, atomizada desde el terminal de cualquier desaprensivo en Moscú o en Guadalajara. Las “fake news”, el esperpento de la inocentada cotidiana, la manipulación intencionada de los algoritmos que muestran contenido en las redes sociales que nos convierten en víctimas de la tecnología. Antes estábamos en manos de los magnates de la prensa y ahora ni siquiera sabemos quién nos manipula.

En conclusión: 1) la verdad le conviene a la sociedad, como ente colectivo formada por individuos que conviven en un territorio, para dotarla de libertad y garantizar la democracia y 2) el coste de buscar la verdad, contrastarla, elaborar la información y difundirla no lo paga el ciudadano en el mundo del todo gratis ni debe sufragarse vía impuestos, en manos del poder político, ni vía patrocinio, condicionada por el poder económico. Cualquier alternativa se me antoja inviable. Pensé en una fundación independiente que reciba donaciones anónimas, pero requeriría de un patronato de voluntad inquebrantable y no me lo creo ni yo.